🏛️ El 20 de agosto de 2026 salieron del mismo ministerio dos noticias que apuntan en direcciones opuestas. El Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón (METI) negocia el cierre de un fondo público-privado que acumula 54.000 millones de yenes (unos 340 millones de dólares) en pérdidas. Ese mismo día, el propio METI publicó una estrategia para llevar las ventas exteriores de contenidos japoneses a 20 billones de yenes (unos 126.000 millones de dólares) en 2033. El mismo edificio, dos rumbos contrarios.

Trece años, 54.000 millones de yenes

El Cool Japan Fund nació en 2013 como proyecto insignia del Gobierno de Shinzo Abe. El planteamiento era sencillo. El Estado y el sector privado entraban juntos en el capital de empresas que llevaran el anime, la gastronomía, la moda y el estilo de vida japoneses al exterior, y de paso buscaban rentabilidad. Entre las compañías en las que invirtió está la que levantó el parque temático Junglia Okinawa.

En total realizó 83 inversiones por 204.000 millones de yenes (unos 1.290 millones de dólares). Al cierre del ejercicio 2025 sus pérdidas acumuladas llegaban a 54.000 millones de yenes, muy por encima del techo de 42.600 millones de yenes (unos 269 millones de dólares) que un plan revisado había fijado como peor escenario aceptable. El desvío no fue pequeño.

El diario Nikkei informó el 20 de agosto de que el ministerio dejará al fondo fuera de su solicitud presupuestaria para el ejercicio 2027. El diario Asahi Shimbun añadió que el METI ha empezado a preparar su disolución y que la Oficina del Primer Ministro conoce el plan y está dispuesta a aceptarlo. No hay nada decidido formalmente, y la propia prensa es prudente en ese punto. La revisión a cargo de un panel de expertos sigue en marcha y el ministerio ha dicho que espera resolver la estructura del organismo antes de que acabe el año. Si el fondo se liquida, parte del dinero que puso el Estado podría no recuperarse.

Hubo un aviso previo. Para el ejercicio 2026 el ministerio pidió 9.000 millones de yenes (unos 57 millones de dólares) y no los consiguió. Este año ni siquiera lo pidió.

Sobre cómo se acumularon las pérdidas: demasiadas participadas entraron en dificultades al mismo tiempo.

Y ese mismo día, 20 billones

La estrategia que el METI publicó ese día, «Estrategia de Industrias del Entretenimiento y Creativas 2026», lleva un subtítulo que promete convertir a Japón en un «país de historias» en cinco años. La cifra de 20 billones de yenes no es nueva: el Gabinete la aprobó en junio de 2025. Lo que salió en agosto es la versión que le pone números sector por sector.

Según la estimación del propio METI, las ventas exteriores de contenidos japoneses fueron de 6,1 billones de yenes (unos 38.500 millones de dólares) en 2024. La meta para 2033 son 20 billones, con una marca intermedia de 10 billones en 2028. Los videojuegos deberían pasar de 3,4 a 12 billones; el anime, de 2,1 a 6 billones; el manga, de 0,3 a 1 billón. La música y la imagen real parten de cifras aún menores. El METI explica esa meta con una comparación doméstica: 20 billones equivaldrían a lo que Japón exporta en automóviles.

La carga más pesada recae en los videojuegos, y el documento no lo disimula. Los títulos japoneses ocupan cerca de la mitad del mercado mundial de consolas. En móvil y PC, donde está el dinero grande, su cuota en el exterior no alcanza ni unos pocos puntos porcentuales.

No todos los objetivos son de facturación. El salario medio anual del sector es hoy de 6,25 millones de yenes y el plan pide llegar a 10 millones en 2033. Los éxitos de alcance mundial deberían pasar de siete a treinta al año. Los abonados de plataformas extranjeras que consumen contenido japonés tendrían que llegar a 300 millones acumulados, frente a los 100 millones actuales. La inversión privada tendría que pasar de 9,3 billones de yenes en 2024 a 24,5 billones en 2033. El METI resume sin rodeos lo que pide a las empresas: triplicar ventas, triplicar inversión.

Participaciones frente a subvenciones

Llegados aquí surge la pregunta evidente: ¿no es esto lo mismo que acaba de fracasar?

En su estructura, no.

El Cool Japan Fund invertía. El Estado compraba participaciones en empresas concretas y esperaba una rentabilidad; cuando esas empresas se torcían, la pérdida caía directamente en las cuentas públicas.

La nueva estrategia gasta. Subvenciones, fondos plurianuales, regulación e infraestructura común para el sector, con el Gobierno situado como quien arregla las condiciones y no como quien elige ganadores. Bajo IP360, el marco de apoyo lanzado en 2026, el presupuesto del METI para contenidos pasó de 10.200 millones de yenes a 35.600 millones de yenes (de unos 64 a unos 225 millones de dólares).

El documento también argumenta por qué el Estado debería estar ahí, y lo hace con el vocabulario de los fallos de mercado. Los presupuestos de producción audiovisual en Japón rondan la décima parte de los estadounidenses. Los titulares de derechos japoneses solo recuperan entre el 10 % y el 20 % de las ventas exteriores, porque la distribución pasa por plataformas extranjeras. La piratería cuesta unos 10 billones de yenes (unos 63.000 millones de dólares) al año. El METI pone además sobre la mesa lo que gastan otros gobiernos: 617.600 millones de yenes en Estados Unidos (unos 3.900 millones de dólares) y 76.200 millones de yenes en Corea del Sur, frente a una cifra japonesa que se ha movido entre 10.000 y 20.000 millones de yenes.

Uno de los cinco principios que el ministerio ha adoptado dice que el Gobierno no opina sobre el contenido de las obras, lo que responde a un recelo que el sector creativo arrastra desde la época del Cool Japan original.

Lo que el documento dice sobre el fracaso

La estrategia menciona al Cool Japan Fund por su nombre. Recoge la pérdida acumulada de 54.000 millones de yenes, indica que el METI ha convocado un comité para averiguar qué produjeron realmente aquellas inversiones, por qué acabaron así y si el propio esquema estaba mal diseñado, y añade que las conclusiones se incorporarán a futuras revisiones de la estrategia cuando haga falta.

Y a continuación lo dice sin rodeos: que no va a esperar a esa revisión. En lugar de detenerse, el ministerio dice haber identificado los problemas ya visibles e incorporado de antemano las respuestas en la nueva política. En otro pasaje se compromete a reducir o suprimir las medidas que resulten poco eficaces y describe la aspiración de ser un gobierno que sigue aprendiendo.

El párrafo admite dos lecturas y las dos son razonables. O es una franqueza poco habitual en un ministerio japonés, o es el METI firmándose a sí mismo un permiso. Un detalle más: el propio fondo figuraba como observador en el grupo de trabajo que elaboró esta estrategia.

Las preguntas que siguen abiertas

La revisión no ha terminado. La decisión sobre el futuro del fondo se espera dentro del año y la estrategia salió sin ella, según reconoce el propio ministerio.

Pasar de 6,1 billones de yenes en 2024 a 20 billones en 2033 supone algo más que triplicar. Justo es decir que la base también se ha movido: el mismo documento recoge que las ventas exteriores crecieron de 1,4 billones de yenes en 2012 a 6,1 billones en 2024, más de cuatro veces. La pregunta es si esa pendiente se sostiene. El documento cifra en 34 billones de yenes (unos 215.000 millones de dólares) la brecha acumulada entre esa meta y lo que daría de sí el crecimiento tendencial, y recoge voces del sector que calculan en al menos 500.000 millones de yenes (unos 3.200 millones de dólares) en cinco años el apoyo necesario para cerrarla. La cifra anual actual es de 35.600 millones de yenes. El documento reconoce además que todavía no mide las ventas exteriores país por país, así que los objetivos nacionales quedan aplazados al ejercicio 2027 o posterior.

El objetivo salarial es el que invita a la pregunta más incómoda. El mismo documento informa de que los profesionales de animación encuestados ganaban de media 4,45 millones de yenes en 2025, frente a 3,33 millones en 2014, y de que las mejoras se han concentrado en directores y jefes de animación, mientras que los segundos intercaladores y los artistas de fondos apenas se han movido. Las jornadas sí mejoraron con claridad en esos mismos once años: quienes declaraban más de 260 horas al mes pasaron del 49,2 % al 8,3 %. Mejor, no resuelto.

En las redes japonesas abunda la lectura más simple: que ha cambiado el cartel de la puerta y poco más. Si aciertan o no es algo que en 2026 nadie puede saber.

Lo que Japón intenta está claro. Retirarse de elegir empresas concretas y gastar más en las condiciones que las rodean. Otra cosa es si esa distinción aguanta siete años de objetivos. ¿Cómo trata tu país a sus industrias de cine, videojuegos o animación, y la fórmula elegida ha funcionado de verdad?

Referencias