🪱 Sobre los bosques de Fukushima había una idea tranquilizadora: la peor parte de la contaminación no se mueve. Las partículas radiactivas vítreas apodadas "bolas de cesio" se quedan en los primeros centímetros del suelo y no se disuelven con la lluvia. Un equipo de la Universidad de Kioto acaba de encontrarlas dentro de lombrices de tierra, y también halló una a 15,5 centímetros de profundidad, alojada en lo que parecía la galería de una lombriz.

Lo que apareció en 52 lombrices

En 2025 el equipo recogió 52 lombrices en bosques situados en zonas de difícil retorno y sus alrededores. Se trata de las áreas que siguen cerradas a la población por la contaminación del accidente de Fukushima Daiichi de 2011. En 39 de esos ejemplares aparecieron micropartículas en el tubo digestivo. La agencia Kyodo informó del trabajo el 1 de agosto de 2026.

Los investigadores también examinaron láminas verticales del propio suelo. Casi todo coincidió con lo previsto: el 95 % de las partículas estaba en los primeros tres centímetros. Una no. Se encontraba a 15,5 centímetros, dentro de un hueco con forma de galería excavada por una lombriz. La lectura más sencilla, y la que propone el equipo, es que el animal la tragó junto con hojarasca y tierra superficial, la transportó hacia abajo y allí la excretó.

Qué es en realidad una "bola de cesio"

De los reactores salieron dos tipos de cesio. El que más se ha comentado es el soluble en agua, que se disuelve con la lluvia, se adhiere con fuerza a los minerales arcillosos y por eso mismo permanece cerca de la superficie.

Las bolas de cesio son el otro tipo. Su nombre técnico es micropartículas ricas en cesio: esferas de vidrio de silicato de unos pocos micrómetros, que atraparon hierro, zinc y cesio cuando los núcleos de los reactores se fundieron. Solo se formaron durante un breve lapso de marzo de 2011, y un análisis publicado en 2026 atribuye la mayor parte a un único penacho emitido hacia las tres de la madrugada del 15 de marzo.

Como el cesio queda encerrado en vidrio, el agua no lo extrae. La partícula se comporta más como un grano de arena que como una sustancia disuelta. Por unidad de masa la actividad es descomunal: más de 100 000 veces la concentración de una arcilla que simplemente ha adsorbido cesio. Pero nadie tiene un gramo de este material. Las partículas que los investigadores han aislado y medido una a una van desde menos de un becquerelio hasta varios cientos.

Lo que sostenía la idea de que no se mueve

El 71 % de la superficie de la prefectura de Fukushima es bosque. Descontaminarlo entero nunca fue viable. El Ministerio de Medio Ambiente limita la descontaminación forestal a unos 20 metros alrededor de las zonas habitadas, más los campamentos y otros lugares donde la gente entra de verdad. Retirar la hojarasca de laderas completas aflojaría la capa superficial y favorecería la erosión, y el ministerio concluyó que la escorrentía del bosque no alteraba de forma apreciable los niveles de radiación en los núcleos habitados.

Ese esquema sigue vigente. Las órdenes de evacuación de todas las zonas base de reconstrucción se levantaron en noviembre de 2023, y hasta febrero de 2026 seis municipios habían delimitado nuevas zonas para quienes desean regresar. Incluso allí, la superficie oficial a descontaminar se define excluyendo el bosque situado a más de 20 metros de las viviendas.

La idea de trabajo ha sido que la contaminación se detiene en los primeros centímetros. Eso es lo que permite tratar ese 71 % intacto con modelos y vigilancia en lugar de removerlo.

Darwin llegó antes

El mecanismo no tiene nada de exótico. Charles Darwin le dedicó cuatro décadas y lo convirtió en el tema de su último libro científico, publicado en octubre de 1881, seis meses antes de morir. Pesó las deyecciones de las lombrices, midió cuánto se hundían las piedras en los pastos y viajó a Stonehenge para ver cómo los monolitos se asentaban en la tierra removida por esos animales. Unas ruinas romanas de Hampshire habían quedado sepultadas del mismo modo. Su argumento era que unos animales diminutos, trabajando sin descanso y sin que nadie los vea, reorganizan el paisaje.

En edafología esto se llama bioturbación. Es la razón de que una moneda caída en el jardín aparezca más abajo de donde quedó. Que el radiocesio baje con esa maquinaria se estudia desde mucho antes de Fukushima, y los investigadores que trabajan en las zonas de difícil retorno ya lo habían señalado como un proceso capaz de arrastrar la contaminación por el perfil del suelo. Lo nuevo es sorprender a las partículas de vidrio insoluble haciéndolo.

Lo que el hallazgo muestra y lo que no

Que el material baje no es automáticamente una mala noticia. El cesio cubierto por quince centímetros de tierra queda parcialmente blindado, y la tasa de dosis en superficie disminuye a medida que se hunde.

Los problemas están en otro sitio. Raspar el suelo superficial deja de capturarlo todo si una parte ya viajó hacia abajo. Y las lombrices son alimento. Nobuhito Ohte, investigador que ha seguido el radiocesio por las redes tróficas de los bosques de Fukushima, señalaba ya en 2012 que las lombrices que comen hojarasca contaminada presentaban concentraciones altas de cesio. Los reptiles que las cazan también salían altos, y había informes parecidos sobre los jabalíes. Una partícula químicamente inerte en el suelo no lo es necesariamente después de que algo la trague. Por eso quienes estudian estas micropartículas mantienen abierta la pregunta de la exposición interna.

El 95 % de las partículas seguía exactamente donde se esperaba. La detección profunda fue una sola partícula. El equipo describe el transporte por lombrices como probable, no como algo medido, y nada aquí cuantifica cuánto material se desplaza, a qué velocidad ni qué dosis entregaría a nada ni a nadie.

Lo que sí queda en entredicho es la idea de trabajo que lleva quince años debajo de la decisión de dejar esos bosques como están: que lo que cayó sobre ellos se quedaría, en lo esencial, donde cayó. El suelo no es un archivador. Está lleno de animales con planes propios.

Casi todos los países tienen terrenos descartados por lejanos, por caros o por considerarlos estables. ¿Hay alguno así donde usted vive? ¿Y sabe alguien qué se mueve ahí dentro?

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