🪼 Una medusa del tamaño de un botón de camisa puede rebobinarse hasta la infancia. Eso ya está resuelto, y los cuadernos de cría que lo demuestran se llenaron en un laboratorio costero del oeste de Japón. Lo que no está resuelto es si el truco tiene algo que decirle a la medicina humana. El trabajo que hay detrás de la idea de unas "células iPS naturales" fue cuestionado al año siguiente, y el cuestionamiento conduce directamente a datos japoneses que ese trabajo nunca citó.

En un laboratorio de Wakayama, una medusa rejuveneció diez veces

En 2009, Shin Kubota sacó de un arrastre de plancton un ejemplar inmaduro de la medusa inmortal (Turritopsis dohrnii) y lo puso en una placa en el Laboratorio Biológico Marino de Seto, de la Universidad de Kioto, en Shirahama (Wakayama). Agua de mar natural, mantenida en su mayor parte entre 27 y 29 grados. Nada exótico.

El animal creció, revirtió y volvió a empezar. El 25 de junio el pólipo revertido formó una yema de medusa; el 1 de julio se liberó una nueva medusa inmadura, de 0,70 a 0,75 milímetros y ocho tentáculos. Para el 28 de septiembre el linaje había dado cuatro vueltas.

Kubota no se detuvo ahí. A lo largo de dos años registró diez rejuvenecimientos consecutivos, la cifra que suele citarse sobre este animal. La reversión en sí es rápida: unos tres días para que la medusa se pliegue en una bola y se reconstruya como colonia de pólipos. Todo ello ocurre dentro de un cuerpo con una umbrela de unos 10 milímetros como máximo.

Ese récord no salió de un secuenciador. Salió de alguien dispuesto a mirar una mota en una placa, todos los días, durante años. Ese extremo poco glamuroso de la biología de invertebrados marinos explica por qué el récord es japonés.

Qué dice realmente la comparación con los factores de Yamanaka

El paralelismo con el trabajo de Shinya Yamanaka no lo inventó un titular. Sale de un artículo de genómica.

El 29 de agosto de 2022, un equipo dirigido desde la Universidad de Oviedo, en España, con María Pascual-Torner y Carlos López-Otín entre sus autores, publicó en PNAS. Secuenciaron la medusa inmortal junto a su congénere Turritopsis rubra. Como comparación pusieron Hydra vulgaris, Clytia hemisphaerica y Aurelia aurita. Sobre esa base cotejaron cerca de 1000 genes vinculados al envejecimiento y la reparación del ADN. Reportaron 28 variaciones en el número de copias y 10 variantes propias de una u otra Turritopsis.

El hallazgo central, sin embargo, no fue un gen sino un patrón: durante la reversión del ciclo vital se silencian dianas del complejo represivo polycomb 2 y se activan dianas de pluripotencia. Entre los genes que se movían aparecían SOX7, SOX14 y MYC.

Esos apellidos atraviesan la historia de las células iPS. La receta de reprogramación usa cuatro genes: Oct3/4, Sox2, Klf4 y c-Myc. Células de ratón en 2006, humanas en noviembre de 2007 y el Nobel de Medicina de 2012 "por el descubrimiento de que las células maduras pueden ser reprogramadas para volverse pluripotentes".

Leído al pie de la letra, el parecido es real a nivel de maquinaria. Un factor SOX y un factor MYC aparecen en ambos lados, y las dos historias hablan de una represión de la cromatina que se levanta para que arranque un programa de pluripotencia. La diferencia está en quién lo hace. El método de Yamanaka es una intervención: se empujan cuatro genes dentro de una célula y se la fuerza hacia atrás. La medusa lo hace sola, en agua de mar, cuando pasa hambre o se lastima.

La disputa sobre la premisa pasa por datos japoneses

Seis meses después, la comparación chocó con un muro. El 9 de marzo de 2023, PNAS publicó una carta breve firmada por María Pía Miglietta, de la Universidad Texas A&M en Galveston. Su objeción apuntaba al cimiento del ejercicio. La lógica del equipo español era que T. rubra no puede regenerarse tras reproducirse, de modo que comparar su genoma con el de la especie inmortal revelaría la diferencia. Miglietta escribió que esa afirmación es incorrecta y que el trabajo citado en su apoyo estudiaba otra especie, la china T. sp. 5, y nunca puso a prueba a T. rubra.

Los artículos que sí evaluaron el rejuvenecimiento de T. rubra, señaló Miglietta, se centraron en un Turritopsis japonés, presuntamente T. rubra, y concluyeron que rejuvenece antes y después de reproducirse, aunque a menor ritmo. Esos artículos no fueron citados. Si ambas especies rejuvenecen, ambas cargan la maquinaria, y comparar sus genomas no puede aislar las claves del rejuvenecimiento.

Sus otras objeciones son técnicas. La reversión se indujo con métodos inconsistentes, cloruro de cesio y de forma espontánea, lo que por sí solo desplaza la expresión génica. La llamada fase sin reversión es probablemente una medusa que tarda más en revertir, y no hay manera de saberlo por anticipado. Además, Turritopsis es un género plagado de especies crípticas e introducciones, así que los errores de identificación abundan. "La responsabilidad de demostrar que las especies cuyos genomas se secuencian están correctamente identificadas recae en los autores", escribió. El artículo no nombraba a quien identificó los ejemplares, ni el método, ni dónde estaban los especímenes de referencia. El 27 de marzo de 2023 se publicó una corrección al trabajo original.

El equipo de Oviedo respondió en el mismo número. Pascual-Torner y Víctor Quesada escribieron que su manuscrito emplea a lo largo del texto la fórmula «no hay evidencia publicada de rejuvenecimiento posreproductivo» para T. rubra, y que la fórmula más tajante aparece una vez, por razones de espacio. Los trabajos que señaló Miglietta, dijeron, tratan de medusas subadultas y no maduras, o de especies de Turritopsis sin definir. Añadieron que ellos mismos probaron la reversión en medusas de T. rubra y que las capacidades de ambas especies tras la reproducción son claramente distintas. La disputa se estrecha hasta una pregunta que haría un taxónomo: las medusas japonesas que revirtieron tras reproducirse, ¿eran de verdad maduras y de verdad T. rubra?

El intercambio funciona también como mapa de quién trabaja con este animal. Italia abrió la puerta: S. Piraino, F. Boero y colegas informaron en junio de 1996, en The Biological Bulletin, que todas las fases de la medusa, desde la recién liberada hasta la sexualmente madura, pueden volver a un hidroide colonial, y que la reversión depende de células diferenciadas de la epidermis exumbrelar y del sistema gastrovascular. El animal que describieron figuraba con el nombre Turritopsis nutricula: el género ha sido resbaladizo desde el artículo fundacional. España aportó el genoma. Estados Unidos, el análisis de expresión y la taxonomía. Japón puso los animales y los años.

Miglietta ha publicado sus propias cifras. En Genome Biology and Evolution, en julio de 2021, ella y Yui Matsumoto identificaron 224 genes propios de la fase de quiste, donde ocurre la transdiferenciación. De los 50 principales, el 44 % carecía de anotación funcional. Casi la mitad de la lista corta sobre "cómo funciona la inmortalidad" sigue siendo ilegible.

Lo que una medusa puede hacer y un humano no

Turritopsis no vuelve joven un cuerpo viejo. Lo desmonta. La medusa se ovilla, disuelve su propia organización y se rearma como una colonia de pólipos: otra fase vital, con otra forma, sin gónadas y sin nadar. No hay cerebro que preservar, ni esqueleto, ni sistema vascular, y es discutible que sobreviva algo que alguien llamaría el mismo individuo.

Si se corre el mismo programa en un mamífero, el modo de fallo es conocido. Las células que pierden su identidad de tejido no se vuelven amablemente jóvenes: se vuelven tumores. c-Myc, uno de los cuatro factores de Yamanaka, es un oncogén conocido, y por eso el CiRA de Kioto estableció un método que lo sustituye por L-Myc para reducir el riesgo. El gen que hace atractiva la comparación con la medusa es también el que la vuelve peligrosa.

Y "inmortal" es una palabra de prensa. A estos animales se los comen, se infectan y caen en las redes como a cualquier otro habitante del plancton. Tener un botón de reinicio no equivale a no morir.

La rata topo desnuda y el tiburón de Groenlandia tienen el mismo problema

Turritopsis es una entrada más en una lista de animales que incomodan al modelo estándar del envejecimiento, y todos se estrechan en el mismo punto: el paso hacia los humanos.

La rata topo desnuda supera los 37 años de longevidad máxima, algo extraordinario para un roedor. El 11 de julio de 2023, Yoshimi Kawamura y Kyoko Miura, de la Facultad de Ciencias de la Vida de la Universidad de Kumamoto, informaron en The EMBO Journal que en esta especie las propias células senescentes mueren, por un metabolismo de la serotonina propio de la especie y una vulnerabilidad al peróxido de hidrógeno. Las células senescentes no se acumulan porque el animal las elimina.

En años brutos, el tiburón de Groenlandia va más lejos. La datación por radiocarbono de los cristalinos de 28 hembras capturadas accidentalmente situó su longevidad en al menos 272 años. La madurez sexual llega hacia los 156.

Los puentes que existen son cortos. Vera Gorbunova y Andrei Seluanov, de la Universidad de Rochester, trasladaron a ratones el gen de la hialuronano sintasa 2 de la rata topo desnuda y comunicaron en Nature, el 23 de agosto de 2023, un aumento de cerca del 4,4 % en la longevidad mediana: un cruce real, del ancho de una especie. Desde el lado de la reprogramación el cruce es más largo. Life Biosciences, en Boston, tiene una terapia génica que lleva tres factores de Yamanaka sin c-Myc. Según lo informado en abril de 2026, debía entrar en ensayo dentro del año en hasta 12 pacientes con glaucoma y hasta 6 con NAION. El seguimiento dura cinco años. Ninguna de las dos rutas pasa por una medusa.

Lo que añade el intercambio sobre Turritopsis es una advertencia sobre cómo se construyen esos puentes. Secuenciar un organismo no modelo sin conocer su biología, sin que un taxónomo verifique la especie, produce listas de genes de aspecto solvente que quizá respondan a la pregunta equivocada. La biología básica de los invertebrados marinos conecta con la medicina regenerativa a través de la cría y la taxonomía, o no conecta.

¿Es el envejecimiento una enfermedad? El código y el presupuesto

Mientras la biología discute consigo misma, las instituciones han ido decidiendo en silencio qué es envejecer.

El 2 de julio de 2018, la OMS añadió a la CIE-11 un código de extensión, XT9T, que significa relacionado con el envejecimiento. Los defensores sostuvieron que un código permite que los fármacos dirigidos a esa condición se evalúen y aprueben clínicamente y que las aseguradoras los cubran. En esa misma clasificación, la propuesta de incluir la vejez como diagnóstico se retiró tras las críticas de que afianzaría el edadismo; Kiran Rabheru y sus colegas reconstruyeron ese proceso en The Lancet Healthy Longevity.

El dinero ha sido menos estable que los códigos. En su justificación presupuestaria para el año fiscal 2026, publicada en junio de 2025, el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos incluía una petición del presupuesto presidencial de 2687 millones de dólares, que el propio documento cifra como un recorte del 40,5 % frente a 2025. El Congreso no lo aceptó. La ley aprobada el 3 de febrero de 2026 asignó al instituto 4518 millones de dólares, unos 10 millones más que en 2025 según el propio organismo. Las dos cifras son ciertas, y la distancia entre ellas es la noticia: una solicitud para vaciar la investigación sobre el envejecimiento y un legislativo que no la aceptó.

La apuesta japonesa es estructural más que defensiva. El Objetivo Moonshot 7 de la Oficina del Gabinete de Japón se propone, para 2040, prevenir y superar las principales enfermedades y construir un sistema sanitario y asistencial que permita disfrutar la vida hasta los 100 años sin inquietud por la salud. Uno de sus gestores de proyecto es Haruhiko Koseki, del Centro RIKEN de Ciencias Médicas Integrativas, cuyo proyecto se titula Un mundo con riesgo cero de cáncer mediante el rejuvenecimiento por conversión del destino celular. El equipo de Koseki estudia cómo las proteínas polycomb se unen específicamente a secuencias CpG no metiladas, el mismo sistema de represión que señaló el artículo sobre la medusa. Otro gestor, Makoto Nakanishi, trabaja en la eliminación de células senescentes.

Japón gasta dinero público, desde el lado de los mamíferos, en el tipo de reversión del destino celular que un animal de 10 milímetros hace gratis en el agua de Wakayama. Llega por una ruta que ningún mamífero puede tomar. Y el campo todavía discute si el genoma de ese animal se leyó bien.

Una pregunta, entonces, para los lectores fuera de Japón. En su país, ¿hay dinero público para el envejecimiento en sí, y no solo para el cáncer, la demencia y las enfermedades cardíacas tratados uno por uno? ¿Le gustaría que lo hubiera?

Referencias