🦈 En algún lugar del agua negra y casi congelada del Ártico nada un tiburón que pudo haber nacido en tiempos de Shakespeare. Crece apenas un centímetro al año, no llega a la adultez hasta los 150 y, aun así, parece capaz de seguir vivo durante cuatro siglos. Nadie sabe por qué. Por primera vez, un equipo liderado por la Universidad de Tokio ha leído casi todo su genoma, y ha encontrado las primeras pistas reales.

Un pez que ya vivía antes de que existiera tu país

El tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus) no es un animal vistoso. Es lento, con una velocidad máxima que no llega a 3 km/h, razón por la cual los pescadores lo llaman "tiburón durmiente". Su carne está tan cargada del anticongelante óxido de trimetilamina que comerla cruda puede provocar tambaleos y náuseas, un estado que en Islandia llaman alegremente estar "borracho de tiburón". (Fermentada y secada durante meses, se convierte en el célebre manjar hákarl.) La mayoría de los adultos están medio ciegos, con los ojos colonizados por un copépodo parásito que devora la córnea. En la oscuridad total del fondo marino, al tiburón apenas parece importarle.

Lo que volvió famoso a este gigante poco agraciado fue su edad. En 2016, un equipo encabezado por Julius Nielsen, de la Universidad de Copenhague, publicó en Science algo que nadie había logrado: poner una cifra a la longevidad del tiburón de Groenlandia. Como la especie casi no tiene tejido calcificado en el que contar anillos de crecimiento, los investigadores recurrieron al cristalino del ojo, cuyo núcleo se forma antes del nacimiento y nunca cambia. La datación por radiocarbono de 28 ejemplares apuntó a una vida mínima de 272 años. El más grande, una hembra de cinco metros, resultó tener unos 392 años, con un margen de error cercano a 120.

Un tiburón de Groenlandia nadando en el mar profundo

Fuente: nota de prensa de la Escuela de Posgrado de Ciencias Agrícolas y de la Vida, Universidad de Tokio

Detente un momento a pensarlo. El tiburón más viejo de aquel estudio probablemente ya estaba vivo a comienzos del siglo XVII, y bien pudo haber nacido en el XVI. Supera con holgura a la tortuga de Galápagos (unos 250 años) y a la ballena de Groenlandia (unos 200), lo que lo convierte en el vertebrado más longevo conocido por la ciencia. Y, sin embargo, como el propio Nielsen admitió entonces, la pregunta de fondo quedó abierta de par en par: ¿por qué? Que sea de sangre fría y tenga un metabolismo lentísimo es sin duda parte de la respuesta, pero nadie había mirado donde la respuesta podría estar escrita de verdad: en su ADN.

Por qué su genoma permaneció cerrado tanto tiempo

Nunca faltó interés. El problema era el acceso, en dos frentes.

Primero, el propio tiburón. Es una criatura del Atlántico Norte y el Ártico profundos y fríos, rara de ver y difícil de alcanzar; la primera fotografía de un ejemplar vivo no se tomó hasta 1995. Obtener tejido fresco y de buena calidad de uno salvaje es, en sí mismo, una expedición.

Segundo, el genoma. Los tiburones de Groenlandia tienen genomas enormes, repletos de secuencias repetitivas, como un libro en el que páginas enteras se repiten casi palabra por palabra. La secuenciación estándar corta el ADN en fragmentos y los reensambla, y cuando todos los fragmentos se parecen, el ensamblaje se derrumba en conjeturas. Los intentos previos solo habían producido borradores incompletos. El plano del animal más longevo de la Tierra existía, pero nadie podía leerlo con limpieza.

Cómo lo leyó por fin un equipo japonés

El avance llegó de una colaboración tendida entre tres países y varias disciplinas. Investigadores de campo de Japón, Canadá y Noruega, entre ellos equipos de la Universidad de Windsor y del Instituto Polar Noruego, lograron recoger una muestra de piel de un tiburón de Groenlandia salvaje. A partir de ahí, un grupo dirigido por el profesor Shigeharu Kinoshita y el estudiante de posgrado Kaiqiao Yang, de la Universidad de Tokio, en colaboración con el Instituto Nacional de Genética, RIKEN, la Universidad de Kitasato y la Universidad de Posgrado para Estudios Avanzados (SOKENDAI), aplicó modernas tecnologías de secuenciación de alta precisión a ese genoma sobredimensionado y repetitivo.

Esta vez las páginas no se confundieron entre sí. El equipo ensambló el genoma a nivel cromosómico, la primera lectura de alta precisión y casi completa de cualquier tiburón de Groenlandia, y lo publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences el 20 de mayo de 2026. Por primera vez, los investigadores pudieron comparar a este animal de 400 años, gen por gen, con otros tiburones, rayas y mamíferos, y preguntarse qué destacaba.

Las dos pistas escondidas en el ADN

Destacaban dos cosas.

La primera tiene que ver con una proteína llamada histona de enlace, parte del andamiaje que empaqueta el ADN con orden dentro del núcleo y mantiene estable toda la estructura. En el tiburón de Groenlandia, el equipo detectó un cambio característico en esta proteína con las huellas de la selección positiva (cuando la evolución favorece activamente una mutación beneficiosa). El cambio parece reforzar la firmeza con que la histona de enlace sujeta el ADN. Y eso importa, porque un genoma más estable significa menos daño acumulado en el ADN con el tiempo, y frenar esa acumulación de "desgaste" genético es justo el tipo de cosa que podría permitir a un animal mantener sus células funcionando durante siglos.

Diagrama de los genes aumentados en el tiburón de Groenlandia y el papel de la ferritina en el metabolismo del hierro

Fuente: nota de prensa de la Escuela de Posgrado de Ciencias Agrícolas y de la Vida, Universidad de Tokio

La segunda pista es sobre el hierro. El tiburón porta un número llamativamente alto de copias de un gen, FTH1b, que fabrica ferritina, la proteína que guarda el hierro a buen recaudo dentro de las células. El hierro suelto es peligroso: impulsa una forma de muerte celular llamada ferroptosis, hoy vinculada al cáncer, la inflamación crónica y las enfermedades neurodegenerativas, el repertorio habitual de los males asociados al envejecimiento. Al acumular maquinaria extra de ferritina, el tiburón de Groenlandia podría mantener su hierro bien controlado y su estrés oxidativo a raya, año tras lento año.

Conviene ser precisos sobre qué es y qué no es esto. El equipo no ha "encontrado el gen de la longevidad". Ha encontrado dos candidatos sólidos, razones moleculares plausibles por las que un cuerpo podría resistir el envejecimiento, escritos en el genoma del animal que mejor lo resiste. Que esos cambios impulsen realmente los 400 años de vida todavía está por comprobarse.

El mapa está trazado; la expedición empieza ahora

Esta es la forma honesta del hallazgo: el genoma es el mapa, no el tesoro. La lectura está terminada, pero la ciencia que hace posible apenas comienza. Los experimentos funcionales, las comparaciones con otras especies longevas y el lento trabajo de confirmar qué hace de verdad cada gen están todos por delante.

Por eso importa más allá de la biología marina. Hoy buena parte del mundo desarrollado es una sociedad envejecida, y Japón más agudamente que la mayoría; buena parte de la investigación médica rodea la misma pregunta desde el lado humano: ¿por qué envejecen las células y podemos frenarlo? Un animal salvaje que ha mantenido el problema a raya durante cuatro siglos es, en la práctica, un experimento natural que jamás habríamos podido diseñar. Leer su genoma no nos entrega la respuesta, pero nos dice dónde mirar.

Hay también un punto más silencioso. El tiburón de Groenlandia madura hacia los 150 años y crece un centímetro al año, lo que lo hace extraordinariamente frágil. Una población diezmada hoy por la pesca podría no recuperarse en siglos. El animal que quizá guarda claves para vivir más figura, él mismo, como especie vulnerable a la extinción.

Trabajar con un tiburón de 400 años casi obliga a pensar en tramos largos de tiempo. Si tu país descubriera la receta genética de una vida más larga y sana enterrada en un pez abisal medio ciego, ¿qué haría con ella? Y, sobre todo, ¿sabría pensar en siglos, como piensa el tiburón?

Referencias