Por una sola pegatina de 500 yenes, hay adultos que apartan a empujones a los niños. Empleadas que enferman de estrés y renuncian, clientes que persiguen incluso a los camiones de reparto. Se dice que supera al caos de las mascarillas durante la pandemia: esta es la realidad de la "fiebre de las pegatinas" en Japón, con sus luces y sus sombras.
La batalla por las pegatinas: ¿qué es el "Bonbon Drop Seal"?
En papelerías y tiendas de variedades de todo Japón se ha vuelto cotidiana una escena insólita. Se forman colas antes de abrir, los clientes se abalanzan sobre el personal que está reponiendo y las manos se estiran hasta casi rozar la cara del empleado que sostiene las pegatinas. El epicentro es el "Bonbon Drop Seal" (apodado "bondoro"), diseñado y fabricado por Qlia, una empresa de papelería fancy de Osaka.
Desde su lanzamiento en marzo de 2024, se han distribuido más de 15 millones de láminas, y la producción se ha multiplicado por unas 300 veces respecto al inicio; aun así, la oferta no logra seguir el ritmo de la demanda. Su rasgo más característico es una transparencia tipo caramelo, con relieve de resina abombada; hay cientos de diseños, con colaboraciones de Sanrio y Disney y motivos de comida, frutas o animales. Cada lámina, que reúne alrededor de 40 pegatinas, cuesta unos 500 yenes: un precio algo alto para material escolar infantil, pero se vende sin parar. Además de Qlia, Sunstar Bunku comercializa versiones con licencia de personajes.
Las "chicas Heisei" que encendieron la moda
La clave para entender el fenómeno es la expresión "chica Heisei" (Heisei joshi). Nominada al premio a la palabra del año 2025 en Japón, no designa simplemente a las mujeres nacidas en la era Heisei, sino a quienes, ya adultas, siguen disfrutando a fondo de la cultura que estuvo de moda en aquellos años.
Entre finales de los noventa y comienzos de los dos mil, las niñas de primaria llevaban consigo álbumes de pegatinas tipo carpeta y su mayor diversión era intercambiarlas con las amigas. Tener una pegatina rara daba popularidad, y el álbum era un espejo de la personalidad y el gusto de cada una. Aquellas niñas que iban a las tiendas fancy con su paga son hoy adultas de entre veintitantos y treinta y tantos, con poder adquisitivo. Ver el Bonbon Drop Seal les despertó una nostalgia intensa.
Así, lo que empezó como una compra "para los hijos" derivó en compras para una misma. El "shiru-katsu en familia", en el que madre e hija arman juntas su álbum, se convirtió en un gran motor de la moda.
"Shiru-katsu" y "shiru-pato": una nueva subcultura
La fiebre ha generado hasta su propio vocabulario. "Shiru-katsu" (actividades relacionadas con pegatinas) y "shiru-pato" (patrullar varias tiendas en busca de reposiciones) son habituales entre las palabras de tendencia en redes sociales.
El mundo de los álbumes también tiene su profundidad. Colocadas una a una en fundas transparentes, las páginas se convierten en una obra personal que refleja el gusto y el carácter de cada quien. Entre los niños existen "tasas" propias de cambio: una pegatina en relieve vale varias planas, y las colaboraciones con personajes populares se cotizan aún más alto.
Lo interesante es el valor del intercambio como forma de comunicación. Negociar cara a cara, ajustar condiciones y cerrar el trato de común acuerdo enseña a los niños, de forma natural, a negociar, a expresarse y a tener en cuenta al otro. Que en plena era digital se valore este trato humano y analógico resulta llamativo.
El personal de las tiendas, al límite
Pero, tras la euforia, se extiende un problema serio: el agotamiento del personal de venta está al borde del colapso.
Una empleada de una tienda de variedades para niños declaró a la prensa que la situación era "peor que el revuelo de las mascarillas durante la pandemia". Decenas de preguntas diarias de "¿tienen pegatinas?", un teléfono que no deja de sonar, la ira de quien no encuentra existencias. El cartel de "por favor, absténganse de preguntar por las pegatinas" colocado en la tienda no surte ningún efecto.
También se han vuelto cotidianas escenas que dan miedo. Cuando una empleada aparece en la sala de ventas, la clientela enmudece y sigue cada uno de sus movimientos; al empezar a reponer, la gente se agolpa y a veces ya no puede salir de la zona. Se han descrito varios casos de adultos que apartan a niños para arrebatar el producto y de menores que acaban lastimados.
Hay quien no aguanta la carga mental y física y renuncia. Una empleada publicó en redes que "había enfermado emocionalmente y faltado una semana al trabajo", y el mensaje tuvo gran repercusión.
Reventa, falsificaciones y prohibiciones escolares
El sobrecalentamiento arrastra más problemas. En las aplicaciones de segunda mano, láminas de 500 yenes se revenden a precios elevados, y el mercado se ha llenado de imitaciones de peor calidad. El producto original es de resina dura y no se hunde al presionarlo con el dedo; las falsificaciones, huecas por dentro, se abollan con facilidad.
En algunos colegios, los conflictos derivados de los intercambios se han vuelto tan frecuentes que se ha llegado a prohibirlos dentro del centro. Se han descrito peleas entre alumnos por las pegatinas, exclusión de quienes no las tienen y disputas por intercambios desiguales. En las reuniones de padres, a veces chocan quienes piden fijar reglas de intercambio y quienes prefieren dejarlo a la autonomía de los niños.
Qlia mantiene desde noviembre de 2025 un mensaje fijado en su cuenta oficial de X en el que se disculpa por la escasez de existencias.
La "economía de la pegatina" y el dilema del comercio
Según la operadora de Don Quijote, las ventas del Bonbon Drop Seal han crecido hasta equivaler a las de toda la categoría de papelería. No solo las pegatinas: también se disparan las ventas de carpetas, fundas transparentes de recambio y estuches de exhibición, formando todo un ecosistema económico.
Pero para el comercio es un asunto delicado. Comprar mucho para atender la demanda arriesga a quedarse con un gran stock cuando pase la moda; pedir con cautela hace perder ventas y enfada a la clientela. "Ojalá esta corriente no termine hasta que se agote este pedido": ese es, seguramente, el sentir de muchos empleados.
Lo que refleja sobre la cultura de consumo japonesa
La fiebre de las pegatinas es el ejemplo más reciente de un consumo sobrecalentado que se repite en Japón, como el de las cartas Pokémon o el juguete LABUBU. Una popularidad espontánea se amplifica en redes, la televisión la agranda y se suma un público cuyo objetivo es, en sí mismo, subirse a la moda.
Una empleada exhausta da en el clavo: "Hay mucha gente que no quiere realmente las pegatinas, sino querer ser 'alguien que consiguió comprarlas'". No se puede negar que la búsqueda de la foto para redes distorsiona en parte el placer original.
Aun así, lo que hay en el fondo de esta cultura es indudablemente positivo. En una época sumergida en lo digital, personas que se conectan a través de una pequeña pegatina que se puede tocar. Negociar en persona, expresar el propio gusto, descubrir la personalidad del otro: esa riqueza de la experiencia es, probablemente, la razón por la que la cultura de las pegatinas se ama a través de las generaciones.
Que el entusiasmo excesivo de los adultos y la codicia de la reventa no arrebaten a los niños su diversión más pura. Quizá sea eso lo que hoy está más en juego.
En Japón, el intercambio de pegatinas se ha convertido en un fenómeno social sin precedentes. ¿Ha habido en tu país alguna fiebre de coleccionismo que uniera a varias generaciones? Cuéntanos sobre juegos de la infancia que resucitaron en la edad adulta o sobre la cultura de las pegatinas en tu país.
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