🐟 Una empresa de Kioto apagó un gen del besugo rojo para que el pez lleve más carne. Una empresa de Kobe fabrica un recubrimiento que no contiene ni un gramo de pigmento: el color sale del tamaño de las partículas. Las dos no tienen casi nada en común. Lo que comparten es de dónde salieron. En octubre de 2025 Japón contaba 6.220 startups nacidas de sus universidades. Cinco años antes eran 2.905.

La empresa que edita peces

Regional Fish Institute se fundó en abril de 2019 a partir de investigaciones de la Escuela de Posgrado de Agricultura de la Universidad de Kioto y del Instituto de Investigación en Acuicultura de la Universidad Kindai. El producto que llegó al mercado lleva un nombre que suena a promesa: 22-seiki Madai, literalmente el besugo del siglo XXII.

Los peces llevan un gen llamado miostatina que frena el crecimiento del músculo a partir de cierto punto. Si se desactiva, el músculo sigue. El besugo editado tiene cerca de 1,2 veces más carne comestible que uno común, y hasta 1,6 veces en algunos ejemplares. Después vino el pez globo tigre, esta vez con la leptina desactivada, la hormona que avisa al animal de que ya comió bastante. El tercero fue un lenguado, notificado el 25 de diciembre de 2023.

Las reglas japonesas trazan su frontera en la diferencia entre edición genómica y modificación genética. Un pez transgénico lleva ADN prestado de otro organismo. La edición genómica, al menos tal como la usan estas dos empresas, rompe un gen que el pez ya tenía y no deja nada ajeno dentro. Las reglas se fijaron en septiembre de 2019 y rigen desde octubre de ese año. Si el cambio es del tipo que podría haber ocurrido en la naturaleza, y no queda ADN introducido, el alimento llega al mercado con una notificación al ministerio de Salud. Un transgénico necesita la evaluación completa de seguridad. El besugo se notificó en septiembre de 2021 y el pez globo el 29 de octubre de 2021.

Dónde va esa frontera todavía se discute en otras partes. El Consejo de la UE aprobó el 21 de abril de 2026 su reglamento sobre nuevas técnicas genómicas, que clasifica los cultivos editados en dos categorías según el riesgo; a septiembre de 2026 el Parlamento Europeo aún no termina de tramitarlo.

Una ronda pre Serie D anunciada el 31 de octubre de 2025 llevó el total acumulado de Regional Fish a unos 56 millones de dólares.

Un color que no es pigmento

El ala de una mariposa morfo no contiene azul. Tampoco una pompa de jabón ni el cuello de una paloma. Esos colores son geometría: luz que rebota en estructuras cuyo tamaño favorece una longitud de onda sobre las demás. Se llama color estructural.

NanoResonance, salida de la Universidad de Kobe, vende una versión de eso. Las partículas vienen del laboratorio del catedrático Minoru Fujii y del profesor asociado Hiroshi Sugimoto, y son esferas de silicio envueltas en una cáscara de sílice. La luz entra en resonancia dentro de cada esfera, un fenómeno conocido como resonancia de Mie, y la esfera devuelve con fuerza la longitud de onda que corresponde a su tamaño. Si se cambia el diámetro del núcleo, entre 110 y 204 nanómetros, cambia el color. Nada se absorbe ni se destruye poco a poco, y por eso el color no se decolora como un tinte.

La universidad informó en septiembre de 2026 que las capas quedan por debajo de unos 250 nanómetros de grosor y pesan 0,4 gramos o menos por metro cuadrado, algo que describe como de lo más liviano del mundo. Un artículo anterior del mismo laboratorio, publicado en enero de 2024, calculó que la pintura de un avión grande, que suele pesar cientos de kilos, podría bajar en principio a menos de una décima parte. El producto comercial se llama ResoFia y apunta a movilidad, envases y materiales de construcción. La empresa es apenas más joven que la tecnología: los registros corporativos recopilados por Speeda sitúan su constitución en febrero de 2026.

Peces y pintura. No hay ningún hilo técnico entre ambas. El hilo es institucional.

El número que se duplicó

El ministerio de Economía japonés cuenta cada año las spinouts universitarias. El recuento de octubre de 2025 dio 6.220, es decir 1.146 más que las 5.074 del año anterior, y según el propio ministerio tanto el total como el aumento son los más altos desde que empezó el estudio. Si se retrocede a octubre de 2020, la cifra era 2.905. Más del doble en cinco años.

Algo cambió, y fue sobre todo dinero y trámites. Un fondo público para empujar la investigación universitaria hacia las empresas se dotó con unos 640 millones de dólares en el presupuesto suplementario japonés de 2022. Solo en el año fiscal 2023 respaldó 1.079 proyectos de comercialización, y la meta declarada es llegar a 5.000 acumulados para el año fiscal 2027. Empujones pequeños repartidos entre muchos laboratorios, y eso se nota en el conteo.

También dejó de ser una historia de Tokio. De las 1.093 empresas nuevas cuyo desglose por región publica el ministerio en el último estudio, 656 se fundaron fuera de la capital, cerca de seis de cada diez.

El estudio se arma con lo que universidades y empresas devuelven cada año, y la variación neta de 1.146 no coincide con esas 1.093. Un recuento hecho así cuenta las empresas que logra encontrar, que no es lo mismo que las empresas que existen.

Lo que el conteo de empresas no muestra

Las startups japonesas captaron unos 4.900 millones de dólares en 2025, prácticamente lo mismo que el año anterior. La mediana por empresa cayó a unos 403.000 dólares, desde unos 502.000. El total se sostiene sobre un puñado de rondas muy grandes mientras todo lo que está debajo se achica.

Las salidas apuntan en la misma dirección. Entre 2016 y 2025 Japón quedó tercero del mundo por número de salidas a bolsa, con 320, detrás de Estados Unidos con 788 y Corea del Sur con 406. Pero lo captado por operación fue de 28 millones de dólares en Japón, la cifra más baja de los seis países que comparó el ministerio y alrededor de una octava parte de los 225 millones estadounidenses. Los unicornios, ese atajo grosero para medir escala, eran ocho en enero de 2026 frente a una meta oficial de 100.

Muchas puertas de salida, entonces, todas angostas, y la tecnología profunda lo siente directamente. Una empresa de peces necesita generaciones de reproductores. Una de recubrimientos necesita años de certificación antes de que algo se rocíe sobre un avión. Ninguna de las dos funciona con una ronda mediana de 403.000 dólares, y ninguna termina en el plazo que un fondo suele esperar.

Ni el modelo estadounidense ni el chino

Las cifras estadounidenses de ese mismo estudio son la imagen invertida: más salidas a bolsa y ocho veces más dinero por operación. Puestas al lado de las japonesas, dicen que la diferencia no está en cuántas empresas arrancan, sino en cuánto capital puede absorber cada una camino a la salida. China viene aumentando su gasto en investigación lo bastante rápido como para que el diario Nikkei informara este año de que había superado a Estados Unidos como mayor inversor del mundo en I+D. La posición del propio Japón, según los indicadores de ciencia y tecnología de 2026, es tercera en gasto en I+D, primera en familias de patentes y quinta en producción de artículos.

Lo que Japón construyó en estos cinco años es la rampa de acceso. Subsidios para sacar el resultado de un profesor fuera del edificio, un fondo que paga el primer prototipo, un camino legal para que un pez editado llegue a la pescadería. La autopista a la que esa rampa desemboca sigue teniendo dos carriles. No es un fracaso de la rampa. Sí significa que la cifra de 6.220 está midiendo la mitad fácil.

Cinco años es poco en el reloj con el que funciona la tecnología profunda, y el resultado hasta ahora es un besugo con más carne y una pintura que casi no pesa. Las dos cosas son reales. Ninguna se ha convertido todavía en una industria.

¿Cómo sale la investigación del laboratorio en tu país? ¿Se va con un profesor y un subsidio, se la compra una gran empresa, o se queda casi siempre en el estante?

Referencias