🧠 Un ratón aprendió dónde estaba la comida. Después le apagaron el cerebro durante dos días y desapareció más de la mitad de las conexiones de su centro de la memoria. Al despertar, el ratón volvió directo a la comida. ¿Qué sostenía el recuerdo, si faltaba la mitad del cableado?

Desapareció la mitad de las conexiones. El recuerdo no.

El experimento procede del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa (OIST), con colaboradores de la Universidad de Tsukuba y otros dos centros de investigación japoneses, y se publicó en Science el 13 de agosto.

El montaje era sencillo: dos días en un estado parecido a la hibernación, con el hipocampo, la parte del cerebro que se ocupa de esta clase de recuerdos, fotografiado antes y después.

[ref src="https://www.oist.jp/sites/default/files/styles/open_graph/public/2026-06/Artificial%20hibernation%20illustration%20by%20Luo-chu%20Yang.png?h=8f6e4d86&itok=hlKj6S0n" alt="Ilustración de las conexiones neuronales que sostienen una huella de memoria en el cerebro de un ratón" origin="© Luo-chu Yang / Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa (OIST)"]

Durante esos dos días el hipocampo se quedó en silencio. Las neuronas dispararon alrededor de un 70 % menos de lo normal y más de la mitad de las sinapsis, las uniones donde una célula cerebral pasa la señal a la siguiente, sencillamente habían desaparecido.

Luego despertaron a los ratones y los pusieron a prueba. Se acordaban. El rendimiento fue igual de bueno que antes y en algunos casos mejor. La doctora Yu-Ju Lin, primera autora del estudio, ha calificado el resultado de asombroso. Según la explicación habitual del funcionamiento de la memoria, perder tantas conexiones tendría que haberse llevado el recuerdo por delante.

Lo que sobrevivió no eran las conexiones fuertes

La versión de manual de la memoria a largo plazo cabe en una frase: las conexiones que más se usan crecen y se refuerzan físicamente, y ese engrosamiento es el recuerdo.

Esa historia lleva tiempo dando problemas. Las sinapsis no son instalaciones fijas. Aparecen y desaparecen en cuestión de semanas, y el recuerdo se queda igualmente. La hibernación hizo imposible seguir mirando hacia otro lado, porque se llevó la mayoría de golpe.

Así que el equipo se fijó en las que el cerebro había conservado.

No eran las grandes. El tamaño no influyó en qué sinapsis se eliminaban: grandes y pequeñas cayeron más o menos en la misma proporción. Y las que salieron adelante eran, si acaso, más bien pequeñas. Justo lo contrario de lo que predice la historia del engrosamiento.

Lo que tenían en común era la posición. De las sinapsis que pertenecen a un mismo recuerdo, se quedaron las que estaban apiñadas muy juntas, formando grupos apretados; las aisladas no se salvaron. La otra superviviente fue una disposición compartida, en la que un terminal emisor se enchufa a varias células receptoras en lugar de a una sola. Una caja de conexiones en vez de una línea privada.

Dicho de otro modo, un recuerdo a largo plazo se parece menos a un haz de cables gruesos que a un plano de asientos. Lo que cuenta es qué conexiones están sentadas al lado de cuáles.

Kazumasa Tanaka, responsable de la Unidad de Investigación de la Memoria del OIST, lo dijo sin rodeos en el comunicado de la universidad: «no todas las sinapsis importan». El diario Nikkan Kogyo Shimbun recoge que, según el investigador, el trabajo ha permitido sacar a la luz la unidad estructural mínima de una huella de memoria.

Por qué hacía falta hibernar a un ratón

Un cerebro despierto es un sitio abarrotado. Casi todo lo que ocurre en él en un momento dado no tiene nada que ver con ningún recuerdo concreto, y eso hace muy difícil distinguir qué conexiones son las que recuerdan.

La hibernación despeja la sala. Si se retira la mayor parte de la actividad y de las conexiones y el recuerdo sigue ahí después, lo que queda es una lista de sospechosos mucho más corta.

El inconveniente es que los ratones no hibernan. Ese obstáculo cayó en 2020, cuando un equipo dirigido por Takeshi Sakurai, de la Universidad de Tsukuba, en colaboración con RIKEN, encontró un pequeño grupo de células en la región del cerebro del ratón que regula la temperatura. Al activarlas, el animal se hunde durante días en un estado parecido a la hibernación. No se trata solo de enfriarlo: baja el propio ajuste de temperatura del cuerpo, y el ratón defiende ese nuevo valor. Las células se bautizaron como neuronas Q, y el mismo procedimiento funcionó más tarde en ratas. Sakurai firma también el nuevo estudio.

Hasta dónde llega esto

Lo que el estudio demuestra es una correlación. Las sinapsis agrupadas sobrevivieron y el recuerdo sobrevivió, pero nadie ha destruido esos grupos para ver si el recuerdo se va con ellos. Lin lo dice sin rodeos: el vínculo causal no está probado y ponerlo a prueba exigirá mejor tecnología.

Tampoco es una novedad que la hibernación retire sinapsis del hipocampo. A las ardillas terrestres se las lleva observando décadas: sus dendritas y sus espinas se retraen al entrar en letargo y vuelven a crecer unas dos horas después de despertar. Lo nuevo es poder preguntar cuáles conserva un recuerdo concreto.

Y esto son ratones, dos días, en un laboratorio. Ningún cerebro humano ha pasado por nada equivalente y, a agosto de 2026, la hibernación inducida en personas es una pregunta de investigación, no algo que se haga en un hospital.

Quién estaba esperando este resultado

Varios campos llevan años queriendo la hibernación artificial sin saber qué le hace al cerebro. Eso es lo que este estudio empieza a responder.

En medicina, lo que está en juego es tiempo. Genshiro Sunagawa, de RIKEN, coautor del artículo de 2020 sobre las neuronas Q, trabajó como pediatra y después en urgencias y cuidados intensivos antes de dedicarse a la investigación. Lo que lo empujó hacia ahí, ha contado, fue ver llegar a niños demasiado graves para haber sobrevivido al traslado, o demasiado graves para poder ser trasladados. Si baja el metabolismo, el tejido sin riego necesita menos oxígeno, y eso compra minutos que hoy no se tienen.

En vuelo espacial, lo que está en juego es masa. Una evaluación de 2019 de la Instalación de Diseño Concurrente de la Agencia Espacial Europea (ESA) modeló una misión tripulada a Marte con la tripulación en letargo durante los 180 días de crucero y 21 días de recuperación después. Al eliminar el módulo habitable y recortar consumibles, la nave adelgazaba en torno a un tercio. La ESA calcula que un viaje de ida y vuelta supone unos 30 kg de suministros por astronauta y día.

Ambas cosas dan por hecho que la persona vuelve entera, y que vuelve siendo ella misma. Dos días de un ratón no son cinco meses rumbo a Marte. Pero a este cerebro lo apagaron a propósito y, al volver a encenderse, las piezas del recuerdo que aguantan la carga seguían en pie.

¿Dónde coloca usted la hibernación artificial: en la medicina o en la ciencia ficción? Y si algún día un hospital de su país se la ofreciera, ¿aceptaría?

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