Vacunarse contra la COVID cada otoño se ha vuelto tan rutinario que casi nadie pregunta ya por qué hay que repetirlo. Durante años la respuesta fue que nadie podía señalar qué célula estaba fallando. Un grupo japonés acaba de identificar el paso donde se tuerce el proceso, y el momento resulta incómodo: el dinero mundial de las vacunas de nueva generación va hacia un problema distinto.

La cifra detrás del refuerzo anual

Los anticuerpos no flotan por su cuenta indefinidamente. Los segregan sin pausa los plasmocitos. La mayoría de esos plasmocitos muere en cuestión de días. Una minoría se abre paso hasta la médula ósea, se instala en un nicho de supervivencia y sigue fabricando anticuerpos durante años. Son los plasmocitos de vida larga, y la duración del efecto de cualquier vacuna se reduce a cuántos de ellos logra dejar instalados.

En 2024, el Centro Lowance de Inmunología Humana de la Universidad Emory le puso número. El equipo tomó muestras de médula ósea de 19 adultos sanos, 22 muestras en total, recogidas entre dos meses y medio y 33 meses después de la vacunación con ARNm, y clasificó las células secretoras de anticuerpos según el compartimento en el que se encontraban.

Entre las células del compartimento de vida larga, las específicas para la proteína de la espícula del coronavirus representaban el 0,14%. En las mismas personas y en la misma médula ósea, las específicas para la gripe llegaban al 7,3% y las del tétanos al 2,1%. Las células específicas para la espícula solo se detectaron en ese compartimento en 6 de 17 participantes, mientras que las respuestas frente al tétanos y la gripe aparecían en todos. Los anticuerpos en sangre contra la espícula decaían de tres a seis meses después de la vacunación.

Las vacunas de ARNm, por tanto, no fallaban al generar plasmocitos. Generaban muchos. Lo que no conseguían era colocarlos en el compartimento donde la producción de anticuerpos se vuelve permanente. El calendario de refuerzos no es una preferencia política: es la consecuencia visible de una decisión sobre el destino de la célula que ocurre mucho más arriba en el proceso. Y hasta esta semana, esa decisión era una caja cerrada.

Quién consigue sitio en la médula ósea

El artículo que abre la caja se publicó en Science Immunology el 4 de septiembre de 2026. Lo firma como autor responsable Tomohiro Kurosaki, profesor de nombramiento especial en la Escuela de Posgrado de Medicina, Odontología y Farmacia de la Universidad de Okayama y profesor visitante del Centro de Investigación de Frontera en Inmunología de la Universidad de Osaka. El primer autor es Yuki Tai. Entre los coautores figuran Takuya Koike, profesor auxiliar por proyecto en el Centro de Preparación ante Pandemias e Investigación Avanzada de la Universidad de Tokio (UTOPIA), y los alemanes Niklas Engels y Jürgen Wienands.

La pregunta que persiguen es más antigua que la COVID. Al principio de cualquier respuesta inmunitaria, los linfocitos B fabrican anticuerpos IgM. Después cambian de clase y pasan a producir IgG, y es la IgG la que permanece y bloquea la reinfección. Que la IgG dura más lo sabía todo el mundo. Explicar por qué era otra cosa: la proporción de células que cambian de clase no basta para justificar una diferencia de ese tamaño.

El equipo trabajó con ratones inmunizados con una proteína y siguió por separado las células de tipo IgM y de tipo IgG1 en tres etapas: linfocitos B, plasmocitos del tejido linfoide y plasmocitos de la médula ósea. La proporción de IgG1 subía en cada paso. Se estaban acumulando tres mecanismos distintos.

El primero: el receptor de células B de tipo IgG1 presenta el antígeno a los linfocitos T con más eficacia que el de tipo IgM, lo que impulsa la proliferación una vez que la célula se convierte en plasmocito. El segundo: las señales que llegan desde el receptor de tipo IgM empujan a los plasmocitos hacia la muerte celular con más fuerza que las del receptor de tipo IgG1. El tercero: los plasmocitos de tipo IgG1 migran a la médula ósea con más facilidad que los de tipo IgM, y el grupo identificó genes candidatos detrás de esa diferencia.

Cada uno de los tres es un sesgo pequeño por separado. Sumados, cambian el significado del cambio de clase, entendido hasta ahora como una modificación del anticuerpo que fabrica la célula. Este trabajo dice que también es una modificación del destino de la propia célula.

Kurosaki lo resumió así a la cadena RSK: "Este estudio mostró que la clase del anticuerpo controla la proliferación, la supervivencia y la migración a la médula ósea de las células productoras de anticuerpos y, con ello, determina cuántos plasmocitos de vida larga se forman en la médula ósea. Esperamos que lleve a vacunas cuyo efecto dure más tiempo".

El mundo apostó por la amplitud

Casi todo el dinero destinado a las vacunas de nueva generación apunta a un eje distinto de la duración. Desde 2021 el objetivo dominante ha sido la amplitud: una sola dosis que resista las mutaciones, que cubra variantes que todavía no existen y, en el mejor de los casos, una familia vírica entera. La CEPI respalda con hasta 5 millones de dólares a Centi-flu, la candidata pangripal de la biotecnológica estadounidense Centivax, un diseño que concentra la respuesta inmunitaria en sitios conservados en lugar de en las proteínas de superficie variables; según la CEPI, los datos preclínicos abarcaron cepas desde 1918 hasta el H5N1 actual. El trabajo pancoronavirus sigue la misma lógica. A finales de julio de 2026 las candidatas en fase clínica eran una de subunidad proteica de la británica Gylden Pharma, cuyo ensayo de fase 1 ya está completamente reclutado; una vacuna contra sarbecovirus del Instituto de Investigación de Vacunas del INSERM y Ennodc, de Francia, en un ensayo de fase 1 y otro de fase 1/2; y una vacuna de ADN de la británica DIOSynVax, probada en un ensayo de fase 1.

Estados Unidos se retiró del ARNm. El 6 de agosto de 2025 el Departamento de Salud y Servicios Humanos canceló 22 proyectos de desarrollo de vacunas de ARNm dentro de la BARDA, por unos 500 millones de dólares. Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, describió el giro así: "Estamos redirigiendo esos fondos hacia plataformas de vacunas más seguras y amplias que sigan siendo eficaces aunque los virus muten". Más amplias. No más duraderas. Lo que sobrevivió encaja con esa descripción: el ensayo de fase 1 de Gylden Pharma fue financiado por el Project NextGen estadounidense.

Amplitud y duración son problemas de ingeniería distintos, y resolver uno no resuelve el otro. Una vacuna que cubra todas las variantes de coronavirus pero se vacíe de la médula ósea en pocos meses es una vacuna que habrá que ponerse cada año de por vida. Candidatas orientadas a la duración sí existen. La edición del 29 de julio de 2026 del registro mensual de vacunas de nueva generación que mantiene Hilda Bastian incluye una categoría de vacunas "duraderas o a prueba de variantes" con una vacuna de hidrogel de nanopartículas poliméricas de la Universidad de Stanford y un ARNm autoamplificante de la Universidad Emory, ambas todavía preclínicas, en ratones y primates no humanos. Lo que ha llegado a la clínica es el lado de la amplitud. Los resultados a un año de VLPCOV, la vacuna de ARNm autoamplificante de la japonesa VLP Therapeutics, mostraron que la respuesta inmunitaria decayó en las tres vacunas comparadas, incluida una de Pfizer que sí se había actualizado frente a ómicron mientras que VLPCOV no.

Lo que Japón tiene en la mano

La respuesta japonesa a la pandemia no fue crear un rival de Moderna. Fue poner dinero mucho antes en la cadena. El Centro Estratégico de Investigación y Desarrollo Avanzado de Vacunas (SCARDA), creado dentro de la AMED en marzo de 2022, gestiona tres programas del presupuesto suplementario de 2021 por un total de 251.900 millones de yenes, unos 1.610 millones de dólares al cambio de 156,27 yenes por dólar del 4 de septiembre de 2026, la tasa usada en todas las conversiones de este artículo. De esa cifra, 51.500 millones de yenes, alrededor de 330 millones de dólares, se destinaron a levantar centros de investigación de nivel mundial: la Universidad de Tokio como centro insignia y las universidades de Osaka, Chiba, Nagasaki y Hokkaido como centros sinérgicos. UTOPIA, donde trabaja Koike, es precisamente ese centro insignia.

Cuatro años después, lo que ese gasto está produciendo no es un producto, sino una serie de artículos que se van cerrando sobre la misma pregunta. En 2022 el grupo describió los marcadores de superficie que distinguen a los plasmocitos de vida larga de los que mueren. En febrero de 2025 mostró, en un artículo del Journal of Experimental Medicine, que el factor de transcripción KLF2 y la integrina beta-7 son necesarios para que los plasmocitos lleguen a la médula ósea. El trabajo de esta semana se sitúa aguas arriba de ambos: explica qué células son seleccionadas para hacer ese viaje. Esta investigación contó con financiación de Otsuka Pharmaceutical, la Fundación Nippon, JSPS KAKENHI, la Agencia Japonesa para la Investigación y el Desarrollo Médico (AMED) y la Fundación Científica Takeda.

Los límites son reales. Es un trabajo en ratones, con un antígeno proteico de modelo, y observa una sola subclase de IgG. Nadie ha demostrado todavía que orientar una vacuna humana hacia la señalización del receptor de tipo IgG produzca más plasmocitos de vida larga en una médula ósea humana. La distancia entre un mecanismo en ratones y una dosis en el brazo se mide en años, y la mayoría de los mecanismos no llega al final del camino.

Aun así, el espacio está insólitamente vacío. El Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos mantiene desde septiembre de 2025 la biología de los plasmocitos de vida corta y de vida larga como tema de investigación destacado, pero las candidatas orientadas a la duración siguen siendo preclínicas y el dinero que ha llegado a la clínica persigue la amplitud. Lo que el grupo japonés lleva cuatro años cartografiando es justamente ese vacío. El ministerio de Salud japonés señala que los municipios realizan cada otoño e invierno un programa de vacunación sistemática contra la COVID. Ese ritmo anual es lo que esta línea de investigación aspira a romper.

Japón se remanga cada otoño y financia la biología básica que quizá algún día lo haga innecesario. ¿Con qué frecuencia le piden a usted vacunarse, y alguien en su país le ha explicado por qué tiene que ser precisamente esa?

Referencias