🐛 Atrapas un escarabajo, entregas el cadáver y cobras 300 yenes. Cuando la ciudad de Takasaki abrió la ventanilla el 3 de agosto, los vecinos entregaron 1.170 escarabajos muertos solo el primer día. Una semana antes, el alcalde había dicho en público que no esperaba demasiadas solicitudes.

Un escarabajo a 300 yenes

Takasaki, en la prefectura de Gunma, al norte de Tokio, paga desde agosto 300 yenes (unos 1,90 dólares) a cada vecino que mate dentro del municipio un ejemplar adulto del escarabajo de cuello rojo y lo lleve a una oficina municipal. El pago se hace en "Takasaki Tsuka", una moneda digital local que no puede convertirse en efectivo y que caduca al cierre del año fiscal. El plazo va del 3 al 31 de agosto y el presupuesto es de un millón de yenes, unos 6.400 dólares: alrededor de 3.333 ejemplares. El ayuntamiento cree que se trata de la tarifa por insecto más alta que ha ofrecido municipio japonés alguno.

El primer día se registraron 67 solicitudes y 1.170 escarabajos, con un desembolso de 351.000 yenes. Al cerrar el segundo día la cuenta iba por 91 solicitudes, 1.431 ejemplares y 429.300 yenes (unos 2.700 dólares). La solicitud individual más abultada sumó 284 escarabajos y 85.200 yenes (unos 540 dólares). Muchos de los solicitantes eran niños de primaria en vacaciones, acompañados por un padre o un abuelo.

En su rueda de prensa del 28 de julio, el alcalde Kenji Tomioka se mostraba tranquilo: es un bicho desagradable, dijo, así que no esperaba una avalancha. También prometió ampliar el presupuesto si se agotaba. El 6 de agosto la página municipal seguía anunciando el programa como abierto. A ese ritmo, va a hacer falta esa segunda promesa.

La letra pequeña es muy concreta. Si el cadáver llega destrozado, el ayuntamiento cuenta cada tórax rojo como un ejemplar. Y si uno tarda demasiado en entregarlo, el rojo se oscurece hasta el negro, el personal ya no puede confirmar la especie y no se cobra nada.

Qué se está cazando exactamente

Ejemplares adultos del escarabajo de cuello rojo: macho a la izquierda, hembra a la derecha

Fuente: prefectura de Ibaraki

El escarabajo de cuello rojo (Aromia bungii) mide entre 2,5 y 4 centímetros, tiene el cuerpo negro brillante y una franja roja intensa justo detrás de la cabeza. Es originario de China, Corea, Taiwán y Vietnam, y apareció en Japón por primera vez en 2012, en la prefectura de Aichi. En enero de 2018 fue declarado especie exótica invasora.

Los adultos son solo la mitad visible del problema. El daño ocurre bajo la corteza: las larvas pasan de uno a tres años perforando por dentro cerezos, ciruelos, melocotoneros y albaricoqueros. Cuando el árbol aparenta estar enfermo, su interior ya está hueco. Según el Ministerio de Agricultura, en julio de 2026 el insecto estaba presente en 20 prefecturas. Takasaki revisa cada mayo y junio sus parques y patios escolares, y ese recuento, limitado a terrenos municipales, pasó de 73 árboles dañados en 2024 a 533 en 2025 y a 1.120 en 2026.

El 31 de julio, los ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente crearon un grupo de trabajo conjunto encabezado por ambos titulares. El ministro de Agricultura, Norikazu Suzuki, advirtió del riesgo que el insecto supone para "la cultura y la agricultura" del país.

Europa tampoco mira desde fuera: según Forest Research, el organismo forestal británico, el mismo escarabajo ha establecido poblaciones reproductoras en Alemania e Italia. En el Reino Unido solo se han interceptado ejemplares sueltos en palés de madera, y el organismo pide vigilancia.

La lista de "se busca" japonesa

El pueblo de Kawashima, en Saitama, pagaba 100 yenes (unos 0,64 dólares) en efectivo a cualquier residente de la prefectura y, sobre todo, admitía ejemplares matados en cualquier punto de Saitama, no solo dentro del término municipal. Oyama, en Tochigi, entrega un comprobante por cadáver y canjea diez comprobantes por una tarjeta regalo de 500 yenes. El tope es de 5.000 yenes por persona y año, y quedan fuera las empresas de control de plagas y quienes tengan deudas con el municipio. La prefectura de Ibaraki mantiene una campaña llamada Kamikiri Mikke-tai, algo así como "escuadrón buscaescarabajos". Cubre dos especies invasoras y paga una tarjeta prepago de 500 yenes por cada diez insectos. Quien lleve menos de diez recibe una bolsa de tela o una chapa. Pueden participar niños desde primaria. En la temporada de 2025, según el diario Ibaraki Shimbun, reunió 7.797 ejemplares aportados por 328 personas.

Osaka prescindió del dinero. Su campaña de verano va del 1 de junio al 28 de agosto. Los vecinos se inscriben en un "escuadrón guardián de los cerezos" y compiten por número de capturas. Los veinte primeros reciben una visita guiada al zoo de Tennoji, artículos del club de fútbol Cerezo Osaka o vales de Amazon.

Una regla vale para todos: al tratarse de una especie invasora declarada, transportarla viva es ilegal. Hay que matarla donde se encuentra y llevarla después.

Cómo 150.000 yenes se convirtieron en siete millones

El programa arrancó el 1 de junio con unos 150.000 yenes de presupuesto, cerca de 950 dólares, equivalentes a 1.500 ejemplares, y debía llegar hasta finales de septiembre. El alcalde, Takashi Fujima, explicó después que quería que la gente conociera el problema y pensó que una recompensa lo lograría.

A mediados de junio el dinero ya se había agotado. A finales de mes, el funcionario municipal Atsushi Tomono declaró a la cadena TV Asahi que el techo previsto era de 1.500 ejemplares y que ya habían entrado más de 5.000. El pueblo recurrió al fondo de reserva, aprobó un crédito extraordinario de 3,5 millones de yenes y el 10 de julio un pleno extraordinario amplió la partida, lo que permitió reabrir la ventanilla el día 13. Aun así, el 16 de julio la cuenta alcanzó los siete millones de yenes, 70.000 escarabajos, unos 44.500 dólares, y el programa cerró dos meses y medio antes de lo previsto. Hubo quien se presentó con más de 1.800 ejemplares de una sola vez.

El recuento final de Kawashima, desglosado por el lugar donde se mató cada insecto, explica por qué. De los 70.000 escarabajos, solo 5.753 salieron del propio Kawashima. El mayor origen fue Konosu, con 17.451, seguido de Kumagaya, con 10.438, ambos más al norte. Con 859 solicitudes en total, un municipio de ese tamaño acabó pagando el problema de toda una prefectura.

Taiwán ya lo intentó. Y Minnesota, en 1877

Poner precio a un insecto no es un invento japonés, y donde se ha probado antes reaparecen dos problemas: el presupuesto y si los insectos disminuyen de verdad.

Taiwán hizo casi el mismo experimento con la chinche del lichi (Tessaratoma papillosa), un insecto cuyo líquido defensivo quema la piel y cuya alimentación arruina las cosechas de lichi y longan. Allí no se compraban adultos, sino puestas de huevos: el gobierno central subvencionaba a los municipios para pagar cinco dólares taiwaneses por cada hoja con puesta, unos 16 centavos de dólar por catorce huevos como mínimo.

El condado de Changhua muestra lo que eso le hace a un presupuesto. En 2020 compró unas 132.000 puestas y pagó cerca de 660.000 dólares taiwaneses. Para 2021 reservó 792.000 contando con un volumen parecido, y acabó recibiendo 439.601 puestas y pagando 2.198.005 dólares taiwaneses, unos 68.000 dólares estadounidenses y más del triple que el año anterior, según el diario Liberty Times. La que más cobró, una vecina del municipio de Fenyuan, se llevó 207.705 dólares taiwaneses, unos 6.400 dólares. La prensa local las llamó "maestras de la puesta".

Desde 2022 el gobierno central retiró la subvención. En un reportaje posterior del diario United Daily News, un responsable agrícola de Changhua sostuvo que habría sido más sensato reducir el precio a la mitad que suprimir el programa, y calculó que las 440.000 puestas recogidas evitaron la eclosión de unos 6,16 millones de insectos.

Si se retrocede más, la misma política aparece en el Medio Oeste estadounidense. Acosada por la langosta de las Montañas Rocosas, la asamblea legislativa de Minnesota destinó en 1877 unos 100.000 dólares a recompensas, según el Star Tribune. Eran 50 centavos por galón de huevos y un dólar por bushel de insectos capturados antes del 25 de mayo, con medidores nombrados en cada municipio. El veredicto del periódico sobre todo aquel esfuerzo es tajante: nada de ello sirvió de mucho.

¿Sirve de algo pagar por bichos?

El departamento de medio ambiente de Takasaki lo explica así: si se eliminan adultos antes de que pongan huevos, desaparecen las larvas del año siguiente. Fijaron la tarifa en 300 yenes precisamente para que los vecinos reaccionaran deprisa. Que eso se traduzca en menos árboles dañados tardará en verse: el recuento municipal se hace cada mayo y junio, así que la primera cifra que podría reflejar la caza de este verano será la de 2027.

Lo incómodo es la aritmética. Setenta mil escarabajos costaron siete millones de yenes a un solo municipio, y ese municipio es un punto dentro de un problema que abarca veinte prefecturas. Lo que separa un programa sostenible de uno desbocado no es la tarifa sino el diseño: el tope anual por persona de Oyama, la exclusión de empresas en Ibaraki, la negativa de Osaka a pagar en metálico. Kawashima no tenía ninguno de esos frenos, y por eso tocó techo en seis semanas.

La experiencia taiwanesa apunta a una trampa más profunda. Una recompensa lo bastante popular como para eliminar millones de insectos es también lo bastante cara como para acabar suprimida, y cuando se suprime la estrategia de control pierde una pata en la que ya se apoyaba. Si 300 yenes por escarabajo son control de plagas de verdad o una campaña de concienciación que además cuesta dinero es algo que Japón irá averiguando en los próximos veranos.

Japón ha puesto, por ahora, precio a la cabeza de un insecto. ¿Existe en tu país algún programa que pague por eliminar una especie invasora? ¿Y aguantó el presupuesto hasta el final?

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