40 micrómetros. La cifra, sola, no dice nada mientras no se sepa con qué compararla. El implante fotovoltaico que ya llevan bajo la retina algunos pacientes en Europa está hecho de píxeles de 100.
El 9 de septiembre, el Instituto Nacional de Genética de Mishima, en la prefectura japonesa de Shizuoka, presentó una retina artificial cuyos electrodos de estimulación son de carbono y no de metal. La parte japonesa corrió a cargo del grupo de fisiología de la retina del instituto, del profesor asistente Akihiro Matsumoto y el profesor Keisuke Yonehara, en colaboración con la Universidad de Aarhus, el servicio de oftalmología del Hospital Universitario de Aarhus y la Universidad Técnica de Dinamarca. El artículo apareció el 25 de agosto en Advanced Healthcare Materials.
La expresión fotorreceptor artificial sugiere un recambio: sale una célula muerta, entra una pieza diminuta. No es eso.
Qué muere y qué sobrevive
La luz atraviesa la córnea y el cristalino y llega a la retina, la lámina de tejido nervioso que recubre el fondo del ojo. Allí los fotorreceptores la convierten en señales eléctricas que pasan por otras neuronas de la retina y suben hasta el cerebro por el nervio óptico.
En la retinosis pigmentaria, de origen hereditario, y en la degeneración macular asociada a la edad, esos fotorreceptores se degeneran y desaparecen. Desde esa zona de la retina ya no llega nada al cerebro. Por eso las gafas no sirven de nada: una lente puede afinar la imagen que cae sobre la retina, pero si no queda quien la lea, da igual.
Para los ingenieros lo decisivo es la parte que no muere. Las células bipolares y las ganglionares, situadas aguas abajo de los fotorreceptores, suelen sobrevivir en condiciones utilizables. Si se las estimula eléctricamente, algo sigue llegando al cerebro. Todo el campo de las prótesis de retina se sostiene sobre ese único hecho.
El implante no sustituye a un fotorreceptor
El grupo llama a esta tecnología prótesis de retina fotovoltaica. Se desliza bajo la retina una lámina con una cuadrícula de células solares minúsculas. Cada una convierte la luz en corriente, y esa corriente estimula las neuronas que han sobrevivido justo encima.
Así que el aparato no es el sustituto de un fotorreceptor concreto. Se instala en el espacio que los fotorreceptores han dejado libre y estimula el cableado una capa más abajo. Tampoco lo alimenta la luz ambiental. Lo que activa estos implantes es luz infrarroja cercana, y sale de unas gafas con una cámara en el frente que traducen la escena a un patrón y lo proyectan dentro del ojo. El implante es el receptor.
El ancho del píxel marca el techo
El implante fotovoltaico más avanzado en humanos es PRIMA, financiado por Science Corporation. Sus píxeles tienen 100 micrómetros de ancho. Los resultados en 38 pacientes con atrofia geográfica, una fase avanzada de la degeneración macular asociada a la edad que el propio artículo del ensayo cifra en más de 5 millones de personas en el mundo, se publicaron el 20 de octubre de 2025 en el New England Journal of Medicine. De los 32 evaluados a los doce meses, 26 (el 81%) mejoraron su agudeza visual de forma clínicamente significativa, con una media de 0,51 logMAR, unas 25,5 letras del optotipo. El 84% dijo usar el dispositivo en casa para leer letras, números o palabras.
La agudeza se estanca cerca de 20/420 por un motivo estructural: es el detalle más fino que puede resolver un píxel de 100 micrómetros. Dicho de otro modo, hay que acercarse 21 veces más que un ojo sano para distinguir lo mismo. El propio artículo cuenta que los participantes que usaban el zoom de las gafas de PRIMA leyeron letras de hasta 20/42 en la escala Snellen, por debajo de lo que permiten los píxeles por sí solos. Pero el zoom amplía la escena sobre la misma cuadrícula gruesa. La cuadrícula solo se afina si se afinan los píxeles.
Y reducirlos cuesta más de lo que parece. Un grupo de la Universidad de Stanford cuyo autor principal, Daniel Palanker, también participó en el ensayo de PRIMA expuso el problema este año en el Journal of Neural Engineering. Con píxeles planos el campo eléctrico queda demasiado confinado, y entre el implante y las neuronas a las que apunta se interpone una capa de tejido degenerado de unos 40 micrómetros de grosor. Su respuesta fue construir hacia arriba: con electrodos en forma de estructuras tridimensionales, calculan, el paso podría bajar a 20 micrómetros, lo que en un ojo humano equivaldría a unos 20/80, cinco veces lo que ofrece el aparato clínico actual.
Los píxeles de 40 micrómetros salidos de Mishima llevan cada uno un pilar de carbono en tres dimensiones. Es el mismo cuello de botella, atacado desde el lado de los materiales.
Por qué carbono y por qué en tres dimensiones
Los electrodos de los implantes anteriores han sido casi siempre metálicos. Y el metal resulta incómodo de mecanizar, a esta escala, en las formas tridimensionales finas que la física está pidiendo ahora.
El carbono pirolítico, que se obtiene horneando una estructura de polímero a alta temperatura hasta carbonizarla, es biocompatible, químicamente estable y se deja moldear en pilares. Nadie había conseguido fabricarlo directamente sobre células solares microscópicas una por una, y la preocupación evidente era el calor: la pirólisis exige temperaturas que a los semiconductores no suelen sentarles bien. Las células aguantaron. Bajo luz infrarroja cercana, un solo píxel seguía dando un voltaje en circuito abierto de hasta unos 0,5 voltios. El equipo los fabricó en dos tamaños, de 40 y de 200 micrómetros.
En retina de ratón extraída, la estimulación del implante disparó con claridad la actividad neuronal, con amplitudes comparables a la respuesta natural del tejido a la luz blanca. Los electrodos de carbono produjeron potenciales evocados algo mayores que los de oro. Cuando el equipo bloqueó los canales de sodio con tetrodotoxina esos potenciales desaparecieron, lo que confirma que lo registrado eran neuronas disparando y no un artefacto eléctrico. La retina de cerdo, más parecida a la humana en tamaño y estructura, también respondió a la versión de carbono tridimensional.
Entre una retina extraída y un ojo vivo
Extraída quiere decir tejido en una placa. El implante no se colocó en un animal vivo para dejarlo funcionando, nadie lo lleva puesto y los siguientes pasos que enumera el grupo son de laboratorio: la seguridad y la estabilidad a largo plazo, la forma y la disposición de los electrodos tridimensionales, y células solares más pequeñas y más densamente agrupadas.
La seguridad y la estabilidad a largo plazo no son una fórmula de cortesía. Un implante de retina de la generación anterior, el Argus II de Second Sight Medical Products, llegó a más de 350 personas con una matriz de 60 electrodos. La empresa abandonó la fabricación en 2019 y cortó el soporte técnico en 2020. IEEE Spectrum encontró después a pacientes cuyos aparatos fallaban sin que quedara nadie para repararlos. La ingeniería funcionaba. La empresa no. El trabajo del carbono está en otra fase y vive de otro dinero: fundaciones privadas danesas, el Consejo Europeo de Investigación y fondos públicos japoneses de investigación.
En un campo donde el ancho del píxel marca el techo, la vía del carbono al menos no está cerrada. Lo clínico viene después, no a la vez.
En tu país, ¿de la ceguera se habla como de algo con lo que hay que convivir, o como de algo que la medicina acabará revirtiendo algún día?
Referencias
- https://www.nig.ac.jp/highlights/15120/
- https://www.nig.ac.jp/wp/wp-content/uploads/2026/09/PR20260909.pdf
- https://doi.org/10.1002/adhm.71651
- https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC7618305/
- https://doi.org/10.1088/1741-2552/ae6d77
- https://spectrum.ieee.org/bionic-eye-obsolete
- https://optronics-media.com/news/20260914/112122/
Discusión global
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