🐻 Durante alrededor de un año y medio, un hombre de más de setenta años apuntó un lanzador de fabricación propia contra su propio cuerpo y apretó el gatillo una y otra vez, hasta llenarse el torso de moratones. Buscaba la dureza exacta de una bola de plástico. En la prefectura donde trabaja casi no quedan osos.

La llamada que recibió una fábrica de pintura antialgas

Sunamiya está en Imabari, una ciudad de astilleros en la isla de Shikoku. Su producto principal es un recubrimiento epoxi de base acuosa llamado Line Guard que impide la formación de algas en los depósitos de hormigón de depuradoras y centrales eléctricas. También produce cotillones de fiesta, cintas métricas promocionales y un dispositivo de seguridad, el Ippatsu Checker, que dispara con presión de gas y un muelle una bola marcadora contra un sospechoso en fuga con más puntería de la que tendría un brazo humano. Capital social: 6 millones de yenes, unos 37.500 dólares a 160 yenes por dólar. Su ficha corporativa sitúa el origen de la casa en la era Genroku (1688-1704) y fija la constitución de la sociedad el 26 de enero de 1978.

Hace cinco años, una empresa que vende repelentes para fauna dañina llamó a Akira Sunami, el presidente, con un problema. También comercializaba aerosol antiosos, y sus clientes insistían en el mismo punto débil: el viento. Un bote que suelta una nube depende de hacia dónde sopla el aire. Una bola, no. ¿Podía adaptarse a los osos el aparato pensado para la seguridad?

Un año y medio disparándose a sí mismo

Lo primero que quedó resuelto fue el contenido. Sunami combinó extracto de estrella de mar fermentado, que huele a marisco podrido, con capsaicina procedente del chile. Sus pruebas indicaban que bastaba con un 2 por ciento de capsaicina, pero eligió el 2,6. Basta con abrir el recipiente para empezar a estornudar y lagrimear, y rellenar las bolas no es un trabajo agradable.

El problema difícil era la carcasa. La bola tiene que aguantar el disparo y reventar sin fallo al final de una trayectoria de quince metros. Si es demasiado dura, rebota en el oso; si es demasiado frágil, estalla dentro del cañón, lo que sería un desastre. No existe un ensayo normalizado para medir eso, así que Sunami tomó el camino corto: ajustaba la carcasa y se disparaba a sí mismo. Siguió así un año y medio. También dejó bolas terminadas dentro de un coche aparcado durante un verano japonés y en un solar al aire libre durante un año, para comprobar que el calor y el tiempo no las convertían en granadas.

Al tercer año de desarrollo, las cifras cuadraban. La bola sale del cañón a entre 80 y 100 km/h y recorre unos 15 metros, frente a los 9 o 10 metros que el distribuidor atribuye a un aerosol antiosos corriente. El viento apenas la afecta y revienta al impactar.

Nadie le prestaba un oso

Aun así, Sunami no lo puso a la venta, porque nunca lo había probado con un oso de verdad. Había vidas en juego, contó a ABEMA, y para un fabricante "no funcionó" no es un resultado admisible.

Se puso entonces a buscar un oso y le dijeron que no una y otra vez. Las granjas se negaron. Los zoológicos también. Rociar con una sustancia irritante a un animal enjaulado para demostrar que un producto funciona es, con toda lógica, algo que la mayoría de los cuidadores considera maltrato. El desarrollo se paró y Sunami estuvo cerca de archivarlo.

Lo que lo reactivó fue una noticia. En la madrugada del 12 de julio de 2025, un repartidor de periódicos de unos cincuenta años murió atacado por un oso pardo en una calle residencial del pueblo de Fukushima, en el sur de Hokkaido. El hijo de Sunami vio la cobertura y le dijo a su padre que retomara el proyecto.

Un centro acabó accediendo a colaborar y la prueba se hizo a principios de 2026. El oso captó el olor y se revolvió dentro del recinto de una forma que su cuidador dijo no haber visto nunca. El lanzador salió a la venta en mayo de 2026 con el nombre de Kintaro, el niño del cuento popular con fuerza suficiente para luchar con un oso. Cuesta 27.500 yenes con impuestos, unos 170 dólares, e incluye dos bolas de práctica con agua y una con repelente.

Por qué en Japón hay mercado para esto

El año fiscal pasado fue el peor desde que el Ministerio de Medio Ambiente lleva la cuenta. Registró 238 personas heridas por osos y 13 muertas, frente al máximo anterior de 219 y 6 en el ejercicio 2023. Los avistamientos llegaron a 50.801, más del doble del récord previo, y se capturaron 14.741 osos con permisos de control de daños (ambas cifras provisionales a 6 de agosto de 2026). Este año tampoco se ha calmado: según la actualización ministerial del 12 de agosto, entre abril y julio se contaban 49 incidentes, 53 personas heridas y 6 muertos.

Mientras tanto, quienes pueden enfrentarse a un oso a corta distancia desaparecen. En el ejercicio 2021, el más reciente publicado por el ministerio, las licencias de caza sumaban 213.400, frente a las 517.800 de 1975, aunque llevan dos décadas casi planas. Una misma persona puede tener varias, así que son licencias y no personas: la federación nacional de cazadores calcula unos 150.000 cazadores reales. Lo plano engaña, porque la composición se ha invertido. Las licencias de arma de fuego de clase 1, las que hacen falta para una escopeta o un rifle, cayeron en ese mismo periodo de 493.700 a 84.400, cerca de una sexta parte de lo que eran. Las licencias de trampeo fueron en dirección contraria y llegan a 119.500. Una trampa no sirve de nada cuando el oso ya camina por una calle residencial. Y 119.100 de las 213.400 licencias, alrededor del 56 por ciento, están en manos de personas de 60 años o más.

Ese es el hueco al que apunta Kintaro. Más osos en las ciudades, menos gente autorizada a disparar y un marco legal en el que abrir fuego dentro de una zona residencial exige la autorización del alcalde. A la gente corriente le queda llevar algo encima o no llevar nada.

La ironía es que casi nadie en Ehime va a necesitarlo. En estado salvaje, los osos negros asiáticos de Shikoku sobreviven solo en torno al monte Tsurugi, en las vecinas Tokushima y Kochi. Una estimación de 2017 calculaba entre 16 y 24 ejemplares en toda la isla. Un estudio del ejercicio 2025 realizado por la oficina forestal regional de Shikoku, la delegación regional del Ministerio de Medio Ambiente y el Instituto de Historia Natural de Shikoku, publicado el 19 de junio de 2026, confirmó 27.

¿De verdad supera al aerosol antiosos?

Aquí el argumento comercial choca con los datos. La referencia habitual es un estudio publicado en 2008 en el Journal of Wildlife Management por Tom Smith y sus colegas, que analiza 83 usos de aerosol antiosos en Alaska entre 1985 y 2006. El aerosol detuvo la conducta indeseada del animal en el 92 por ciento de los encuentros con osos pardos y en el 90 por ciento con osos negros americanos. Del total de personas que lo llevaban encima, el 98 por ciento salió ilesa de un encuentro a corta distancia.

¿Y el viento? Afectó a la puntería en el 7 por ciento de los casos, y en todos ellos el aerosol alcanzó igualmente al oso. La premisa sobre la que se construyó Kintaro existe, pero es pequeña.

Lo que el lanzador aporta de verdad es otra cosa. Empecemos por la distancia: la empresa ha publicado también un vídeo de una prueba disparada desde 20 metros. Esa cifra y el alcance efectivo de 15 metros salen de demostraciones del propio fabricante, no de ensayos independientes. Un cañón largo, además, se apunta mejor que una lata sujetada con el brazo extendido. Y la carga revienta lejos del usuario y no en una nube dentro de la cual uno está de pie, algo que pesa más de lo que parece: en los datos de Smith, el 14 por ciento de quienes usaron aerosol acabó rociándose a sí mismo en algún grado.

El precio es el segundo disparo. Kintaro es de tiro único, y recargar con un oso encima no es un plan. Lo dice el propio Sunami, que recomienda llevar el lanzador junto a un aerosol y no en su lugar, algo poco habitual en un inventor que habla de su propio producto.

La diferencia en cuanto a evidencia es todavía mayor. Los datos de Smith cubren dos décadas de encuentros reales, imprevistos y a corta distancia. Los de Kintaro son un oso enjaulado reaccionando a un olor. El estudio de Alaska tampoco incluye al oso negro asiático, la especie responsable de la mayoría de los ataques en Honshu. En Estados Unidos el aerosol antiosos se registra como plaguicida ante la Agencia de Protección Ambiental, y los productos registrados llevan entre el 1,0 y el 2,0 por ciento de capsaicina y capsaicinoides relacionados. La bola de Kintaro, con un 2,6, queda fuera de esa franja. Japón no tiene un sistema de registro equivalente, así que la cuestión nunca llegó a plantearse.

La legislación japonesa no considera el aerosol antiosos un arma bajo la Ley de Armas de Fuego y Espadas. Pero la Ley de Faltas Menores castiga llevar oculto, sin motivo justificado, un instrumento capaz de causar daño corporal grave. Salir al monte es motivo suficiente. Pasearlo por el centro de una ciudad puede acabar en una conversación con la policía.

Sobre lo que viene después, Sunami declaró el 29 de agosto de 2026 en televisión que las Fuerzas de Autodefensa habían mostrado interés y probarían el lanzador la semana siguiente. No ha habido confirmación por parte del ministerio.

Japón ya ha dejado atrás la discusión sobre si la gente corriente debe disponer de medios no letales para frenar a un oso. Ahora la pregunta es cuáles funcionan. Muchos países no han llegado a ese punto. Donde usted vive, ¿es legal llevar encima algo que dispare capsaicina a un animal salvaje? ¿Y se lo vendería alguna tienda?

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