🔬 La sonda Hayabusa2 trajo a la Tierra unos 5,4 gramos del asteroide Ryugu, y unos pocos de sus granos guardan diminutos cristales de sal. Un equipo dirigido desde la Universidad de Tokio se ha preguntado dónde está el resto del sodio y del cloro. Casi todo el sodio se aloja entre las capas de un mineral de arcilla, y cerca del 90 % del cloro forma parte de los cristales de otro mineral. Como mucho, alrededor de una décima parte de cada uno es sal. A partir de ahí, el equipo calcula que el agua que empapó el cuerpo progenitor de Ryugu era aproximadamente cien veces menos salada que el mar.

En septiembre publicamos una investigación que leía la misma clase de granos como el rastro de una salmuera concentrada. El nuevo artículo choca con ella.

Dónde estaba la sal

El artículo salió en Nature Communications el 16 de octubre de 2026. Es obra del grupo de Yoshio Takahashi, de la Escuela de Posgrado de Ciencias de la Universidad de Tokio. El primer autor, Takahiro Kawai, hizo el trabajo como doctorando en esa universidad y hoy es investigador del Instituto Japonés de Investigación de Radiación Sincrotrón (JASRI). JAMSTEC, la agencia japonesa de ciencias del mar, también anunció el resultado, pero no lo dirigió: es una de las instituciones colaboradoras.

La técnica se llama espectroscopía de absorción de rayos X cerca del borde, o XANES. Si se barre la energía de los rayos X alrededor del punto en que un elemento los absorbe, la forma de la curva de absorción cambia según aquello a lo que ese elemento está unido. Al compararla con las curvas de minerales de referencia, se puede estimar qué proporción del elemento está en cada forma.

Con el sodio la respuesta fue sencilla. Casi todo está entre las capas de la saponita, un mineral de arcilla, retenido por intercambio iónico, de forma parecida a como la resina de un descalcificador retiene el sodio. Menos del 10 % aparece como cloruro de sodio.

El cloro fue otra historia. Cerca del 90 % coincidió con la lizardita, un mineral de la familia de la serpentina, en la que el cloro ocupa dentro del cristal el lugar de un grupo hidroxilo. El resto, alrededor del 10 %, muy probablemente es cloruro de sodio.

Así que el titular de los dos comunicados japoneses, «no como sal, sino adsorbido», encaja con el sodio, pero no del todo con el cloro. El cloro no está pegado a una superficie. Forma parte del cristal.

El análisis no distingue con seguridad un componente que represente menos de entre el 5 y el 10 % del total, así que las dos cifras de sal quedan justo en el límite de lo que alcanza a ver.

Un agua diluida y alcalina

A partir de dónde terminaron los elementos, los cálculos de equilibrio químico reconstruyen el agua que los dejó allí. Los iones disueltos sumaban alrededor de 7 miliequivalentes por kilogramo, aproximadamente una centésima parte del agua de mar (unos 0,6 eq/kg). El agua era muy alcalina, con un pH de 10,3 a 11,5, y muy reductora. El hidrógeno pudo superar 1 bar de presión efectiva, algo que el equipo interpreta como señal de que la alteración ocurrió bajo una capa superficial helada que retenía el gas.

Eso es entre 10 y 100 veces menos salado que las estimaciones anteriores para meteoritos de tipo CI, los más parecidos a Ryugu, con una proporción de agua y roca similar. Según el artículo, aquellos modelos solían partir de un agua rica en sodio y cloro. Este descuenta lo que retenían la arcilla y la serpentina.

La estimación descansa sobre un supuesto: que solo alrededor de una décima parte del cloro, la fracción que apareció como cloruro de sodio, estaba disuelta. Si se considera soluble todo el cloro, indica el propio artículo, el pH estimado baja por debajo de 9,8. Los autores sostienen que sus datos de rayos X descartan esa posibilidad, pero toda la reconstrucción depende de ello.

Diagrama en cuatro viñetas: hielo y silicatos forman un cuerpo progenitor, el calor funde un océano interior mientras el hidrógeno se acumula bajo una capa de hielo, el agua congelada conserva el registro y al final el hielo se sublima y deja una roca porosa

Fuente: Universidad de Tokio, Escuela de Posgrado de Ciencias

La misma arena, dos lecturas

En septiembre contamos el estudio dirigido por Toru Matsumoto, del Centro Hakubi de la Universidad de Kioto, que encontró nitrógeno junto a las vetas de sal de Ryugu: había amonio en la saponita junto al carbonato de sodio. Detrás estaba un artículo que su equipo publicó en Nature Astronomy en noviembre de 2024, que interpretaba los carbonatos, sulfatos y cloruros de sodio hallados en granos de Ryugu como señal de que un agua muy salada circuló en la parte exterior del sistema solar.

El nuevo artículo cita directamente el de 2024 y acepta parte de él, incluidos los cristales de cloruro de sodio de menos de 200 nanómetros dentro del carbonato de sodio. La discusión es de cantidades. En esa zona de carbonato hay unos 2 átomos de cloro por cada 1.000 de sodio. En el conjunto de Ryugu hay unos 8 por cada 100. Las vetas no explican el cloro total, así que la mayor parte tiene que estar en otro sitio, y el equipo de Kawai lo sitúa en la serpentina.

El artículo propone incluso un puente entre ambas ideas. A medida que el agua se congelaba y menguaba, el cloruro pudo incorporarse a la lizardita y liberar iones hidróxido, que volvieron más alcalina el agua restante y favorecieron que precipitara el carbonato de sodio. Visto así, las vetas y el agua diluida forman parte de la misma historia.

El desacuerdo está en lo salada que era el agua y en cómo desapareció. El artículo de Matsumoto de 2024 describe una salmuera concentrada que quedó cuando el agua líquida se evaporó o se congeló en las etapas finales de la alteración. El de Kawai describe un agua de baja salinidad que se perdió sobre todo por sublimación, es decir, el hielo pasó al espacio sin fundirse. Y va más allá: afirma que no se formaron cloruros, al menos en la roca alterada, y que Ryugu no contiene evaporitas como los cloruros. Ahí choca de frente con un trabajo que sí los describió.

Una forma de entender cómo pueden sostenerse ambas observaciones es la escala. Las mediciones globales de Kawai usaron un haz de alrededor de 1 milímetro de modo que cada espectro promedia granos minerales casi todos menores de 50 micrómetros. El comunicado sobre el artículo de Matsumoto de agosto indica que las vetas de sal aparecen solo de forma ocasional, y una veta que ocupe un pequeño porcentaje de la roca queda por debajo del límite de detección. El equipo de Matsumoto apuntó el microscopio electrónico a las propias vetas. Uno pregunta qué guarda la mayor parte de la roca; el otro, qué dejaron las últimas gotas de agua.

Los dos trabajos aún no han dialogado. El de Kawai se envió en noviembre de 2025 y no cita el artículo de Matsumoto del 27 de agosto de 2026. Incluso afirma que todavía no se ha identificado saponita con amonio en las muestras de Ryugu, que es justo lo que describió el artículo de agosto. Tampoco son bandos rivales: de los 23 autores del nuevo estudio, tres, Mizuho Koike (Universidad de Hiroshima), Yoko Kebukawa (Instituto de Ciencia de Tokio) y Hiroki Suga (JASRI), firman también el de agosto.

Bennu también recibe otra explicación

La misión OSIRIS-REx de la NASA trajo muestras del asteroide Bennu, y en enero de 2025 Tim McCoy y sus colegas describieron en ellas una variedad de sales con sodio, entre ellas carbonatos, sulfatos y cloruros, formadas al evaporarse una salmuera. Nuestro artículo de septiembre leyó los dos asteroides como etapas distintas del mismo proceso de desecación.

La explicación de Kawai es más directa: Ryugu perdió su agua sobre todo por sublimación del hielo, y Bennu, por evaporación del líquido. Si el hielo pasa directamente a vapor, no queda un charco que se encoge y concentra las sales. Si se evapora un líquido, sí.

Para el amoníaco, el artículo recurre al pH. Daniel Glavin, de la NASA, y sus colegas informaron en 2025 de que las muestras de Bennu contienen mucho más amoníaco que las de Ryugu. Nuestro artículo de septiembre atribuía parte de esa diferencia al método de medida: la extracción con agua caliente que produjo la cifra no recoge el amonio atrapado entre las capas de arcilla. El equipo de Kawai ofrece una razón química. Por encima de un pH de aproximadamente 10, el amonio pasa a ser sobre todo amoníaco, así que un agua con pH superior a 10,3 retendría poco, mientras que la de Bennu quizá era menos alcalina. El artículo añade una salvedad: si predomina el amonio retenido en fosfatos, la conclusión podría tener que revisarse.

Las dos explicaciones pueden ser ciertas en parte, y ninguna se ha contrastado con la otra.

Los ingredientes de la vida y el agua de la Tierra

Los autores ven dos consecuencias. Una tiene que ver con la química anterior a la vida: un agua muy alcalina y reductora favorece la síntesis no biológica de nucleobases, de azúcares mediante reacciones de tipo formosa y de aminoácidos, las moléculas en el centro de nuestro reportaje de octubre sobre la química zurda de la vida. En Ryugu y en Bennu ya se han hallado uracilo y otras nucleobases.

La otra tiene que ver con los océanos de la Tierra. Si la sublimación pierde agua más despacio que la evaporación, algo que el artículo plantea como supuesto, un cuerpo progenitor como el de Ryugu pudo aportar a la Tierra primitiva más agua que el de Bennu. Los autores señalan que esto encaja con un estudio reciente basado en isótopos de lutecio y hafnio, según el cual el hielo de agua se conservó en Ryugu durante más de mil millones de años.

Qué podría zanjarlo

Nadie ha conectado todavía las vetas escasas que se ven al microscopio con los promedios de las mediciones globales. Mientras no ocurra, los mismos 5,4 gramos de arena sostienen dos historias: una salmuera que se secaba en sus últimos días o un agua fina y alcalina bajo una tapa de hielo que se fue desvaneciendo en el espacio. En tu país, cuando dos equipos de investigación leen de forma distinta la misma prueba, ¿se cuenta como una pelea que alguien tiene que ganar o como señal de que la ciencia funciona?

Referencias