🕊️ En 1949, un ornitólogo estadounidense dio por extinto al albatros de cola corta. Dos años después, un observador meteorológico en un remoto volcán japonés vio a unos diez todavía anidando en un acantilado que se desmoronaba. Esta es la historia de cómo esos diez se convirtieron en más de diez mil, y de los modelos a tamaño real y los cantos grabados que convencieron a una especie de volver desde el borde del abismo.
Una "isla del tesoro" levantada sobre una matanza
Torishima está unos 600 kilómetros al sur de Tokio: una isla volcánica casi circular de apenas 2,5 kilómetros de diámetro. Durante la mayor parte del año no vive nadie en ella. Pero es el hogar principal del albatros de cola corta, el ave marina más grande del Pacífico Norte, con más de dos metros de envergadura, un cuerpo de cuatro a cinco kilos y un pico rosado descomunal cuya punta se vuelve azul con la edad.
El nombre japonés del ave, ahōdori, significa literalmente "ave tonta". Se ganó el insulto a pulso. Los albatros son torpes en tierra, tardan en alzar el vuelo y no temen al ser humano, así que bastaba acercarse y matarlos a garrotazos. En las islas donde anidaban en colonias densas, eso los volvió trágicamente fáciles de exterminar en masa.
Hace siglo y medio había al menos varios cientos de miles repartidos por las islas del Pacífico Norte occidental. Cronistas de la era Edo describieron bandadas tan compactas que, al levantar el vuelo a la vez, parecían columnas blancas alzándose sobre el mar. En 1887, un empresario de la era Meiji, Han'emon Tamaoki, empezó a cosechar sus plumas para el comercio europeo de edredones. Hacia 1890 se mataban unas 400.000 aves al año solo en Torishima. Un cazador podía abatir de 100 a 200 en un día. En su apogeo vivían allí unas 300 personas, con escuela primaria e incluso una pequeña vía férrea para acarrear los cadáveres. La roca estéril se había convertido en una "isla del tesoro". Según una estimación, para 1902 habían muerto al menos cinco millones de albatros.
El volcán que sepultó al poblado
Torishima es un volcán activo, y en agosto de 1902 entró en erupción. El cono central voló en pedazos, se abrió un nuevo cráter en el centro de la isla y murieron los 125 cazadores de plumas que vivían allí. Tamaoki, casualmente, estaba en Tokio. En menos de un año su empresa había enviado nuevos colonos para reanudar la matanza.
La caza y el volcán, juntos, casi acabaron con la especie. La captura se prohibió por fin en 1933, cuando solo quedaban unas 50 aves. En 1949, el ornitólogo Oliver Austin concluyó que el albatros de cola corta estaba probablemente extinto. Entonces, una mañana de enero de 1951, Shōji Yamamoto, de la estación meteorológica de Torishima, encontró a unos diez vivos y criando en una ladera empinada llamada Tsubamezaki.
Esa única colonia superviviente cargaba con dos problemas. La ladera es suelo volcánico suelto que se desliza y se lava, y sepulta huevos y polluelos. Y es un solo volcán activo. Una gran erupción podía borrar a toda la especie en un día.
El profesor que pasó cuatro décadas en la isla
En los años cincuenta, el personal de la estación inició una conservación rudimentaria: eliminó gatos asilvestrados y replantó hierba para afirmar el terreno de cría. Cuando la estación cerró en 1965, el trabajo casi se interrumpió. Entonces lo retomó un joven investigador que ya no lo soltó.
Hiroshi Hasegawa, biólogo de la Universidad de Toho, viajó por primera vez a Torishima a finales de los años setenta y terminó cruzando hasta la isla unas 46 veces. Desde 1979 anilló a cada polluelo nacido allí, por lo que casi todos los albatros de Torishima vivos hoy llevan una anilla numerada y un año de nacimiento conocido. Llegó a ser, sin más, el "profesor albatros". Dedicó 42 años de su vida a esta sola ave.
Hasegawa entendió el meollo del problema. Los albatros anidan en colonia y se resisten a fundar una desde cero. Las aves jóvenes quieren asentarse donde ya hay otros albatros. Una vez que se pierde la "cultura" de un sitio de cría, no la reconstruyen solas con facilidad, aunque a pocos metros haya hábitat vacío. La ladera desmoronadiza de Tsubamezaki era peligrosa, pero las aves seguían amontonándose allí porque era el único lugar que parecía un hogar.
Así que en 1992, junto al Instituto Yamashina de Ornitología y por encargo del Ministerio de Medio Ambiente, Hasegawa probó algo audaz. En una ladera más suave y estable del lado oeste de la isla, llamada Hatsunezaki, el equipo colocó decenas de modelos de albatros a tamaño real y emitió grabaciones de sus cantos. La idea era fingir una colonia bulliciosa, para que un ave joven de paso mirara hacia abajo, viera y oyera lo que parecían cientos de congéneres y decidiera quedarse. La técnica tiene nombre: atracción social.
Al otro lado del océano, la misma idea
La misma intuición ya había transformado la conservación de aves marinas en el otro extremo del Pacífico. En 1973, un joven ornitólogo de la Audubon, Stephen Kress, se propuso devolver el frailecillo atlántico a Eastern Egg Rock, un islote frente a la costa de Maine donde los cazadores los habían exterminado décadas antes. Trasladó polluelos desde Canadá y los crió a mano, y luego tomó prestado un viejo truco de los cazadores islandeses de frailecillos: plantó señuelos tallados en madera y, más tarde, añadió espejos y cantos grabados. Durante años no pasó nada. Pero el 4 de julio de 1981, un frailecillo aterrizó con un pez en el pico, señal segura de que había nacido un polluelo.
Kress había topado con un principio general: las aves siguen a las aves. Hoy su método de atracción social, a menudo combinado con el traslado de polluelos, se ha usado en cerca de un tercio de las especies de aves marinas del mundo, en más de 500 lugares. El Smithsonian incluye al albatros de cola corta entre las aves que ha ayudado a salvar. Dos equipos separados por un océano, sin contacto entre sí al principio, habían dado con la misma apuesta.
Y entonces funcionó
En Torishima, como en Maine, tardó años. El primer polluelo nació en el sitio de los señuelos, Hatsunezaki, en 1995. Para 2006, más de diez volaron de allí en una sola temporada, lo que significaba que una verdadera segunda colonia había arraigado. Hoy la isla tiene tres sitios de cría.
Pero tres colonias sobre un volcán siguen siendo un volcán. Así que entre 2008 y 2012 los equipos japoneses tomaron un seguro. Llevaron polluelos de albatros en helicóptero unos 350 kilómetros al sur, hasta Mukojima, una isla deshabitada y sin volcán del archipiélago de Ogasawara, donde la especie había criado antes de desaparecer. Los investigadores acamparon en la isla vacía, sin electricidad ni agua corriente, triturando calamar y sardina hasta hacer una pasta que daban a los polluelos por un tubo, supliendo a los padres ausentes. En 2016 la apuesta dio fruto: nació de forma natural un polluelo en Mukojima de una pareja que incluía a un ave criada a mano, la primera vez que la especie criaba allí en unos 80 años.
Y las cifras siguieron subiendo. Esta temporada de cría, la de 2025-26, el Instituto Yamashina contó 1.591 polluelos en Torishima, alrededor de un 20% más que la temporada anterior. Sumando unas 2.114 parejas reproductoras y varios miles de aves más jóvenes, el equipo cifró el total en unos 11.067. "Aun teniendo en cuenta el margen de error", dijo el investigador Naoki Tomita, "creemos que supera los diez mil".
Todavía solo una escala
Es un hito real, y también parcial. La Lista Roja japonesa de 2026 sigue clasificando al albatros de cola corta como Vulnerable, y Estados Unidos lo considera En Peligro. Para rebajarlo a Casi Amenazado hacen falta que sus otras colonias, en Mukojima y en Minami-kojima, en las islas Senkaku, sigan creciendo, y que se estabilice la ladera inestable de Torishima. La recuperación es real, pero no ha terminado.
Tomita señala algo en el nombre. Ahōdori, el "ave tonta", carga con la memoria de la torpeza humana tanto como con la del propio animal. Las mismas manos que casi lo exterminaron son hoy las que lo sostienen. Hasegawa, por su parte, lleva años defendiendo que el ave merece un nombre mejor: okinotayū, la gran ave del mar abierto.
Estos regresos son lentos y poco vistosos, y dependen de unas pocas personas tercas que vuelven año tras año a un lugar duro. Los frailecillos de Maine y el albatros de Japón necesitaron décadas. ¿Ha vuelto del borde de la extinción alguna especie en tu país, y quiénes fueron los que, sin alharacas, lo hicieron posible?
Referencias
- https://scienceportal.jst.go.jp/newsflash/20260625_n01/
- https://www.yamashina.or.jp/hp/yomimono/albatross/02rekishi.html
- https://www.yamashina.or.jp/hp/yomimono/albatross/03decoi.html
- https://www.yamashina.or.jp/hp/yomimono/albatross/05kongo.html
- https://www.fws.gov/species/short-tailed-albatross-phoebastria-albatrus
- https://ocean.si.edu/ocean-life/seabirds/how-puffin-returned-eastern-egg-rock
Discusión global
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