🔋 Los residuos radiactivos no dejan de ser un problema una vez enterrados. Hay que vigilarlos para detectar a tiempo cualquier fuga, y los equipos que vigilan necesitan electricidad. Un cable puede romperse en un terremoto. Una batería obliga a que alguien entre a cambiarla. Por eso un equipo del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología Industrial Avanzada de Japón (AIST) se hizo una pregunta que suena al revés: ¿y si los propios residuos alimentaran a su vigilante?

Lo han probado dentro de la central nuclear de Fukushima Daiichi. La potencia es minúscula, alrededor de un microvatio. Para un sensor que solo transmite de vez en cuando, puede bastar.

Hacerlo brillar y recoger la luz

El dispositivo, del que informó el diario industrial japonés Nikkan Kogyo Shimbun el 20 de octubre de 2026, toma prestado un truco de los detectores de radiación. Un cristal de yoduro de cesio emite un leve destello cuando lo atraviesan rayos gamma. Los detectores cuentan esos destellos para medir la radiación. El equipo de Takeshi Fujiwara, jefe de grupo de investigación del AIST, no los cuenta: los recoge con una célula solar y los convierte en electricidad.

Los paneles solares de los tejados están hechos para la luz del sol, que mezcla muchos colores. La luz del cristal, en cambio, ocupa una franja estrecha. Por eso el equipo fabricó la célula con un semiconductor compuesto de galio, indio y fósforo ajustado a esa luz. Usan un monocristal, que deja salir mejor la luz, y lo envuelven en espejos que la dirigen hacia la célula.

El prototipo, del tamaño de una botella de plástico, no lleva material radiactivo dentro. Su energía procede de los rayos gamma que emiten los residuos junto a los que se coloca.

Unas horas dentro de Fukushima Daiichi

Según el diario, el equipo generó electricidad en el entorno radiactivo de Fukushima Daiichi y puso en marcha un transmisor inalámbrico. Los detalles están en un preprint, un artículo aún sin revisión por pares, que los investigadores publicaron en SSRN el 7 de febrero de 2026. A 23 de octubre de 2026 no encontramos ni una versión publicada en revista ni un comunicado de prensa del AIST.

El preprint indica que el aparato se instaló dentro de una instalación de la central donde se almacenan materiales contaminados, en un punto con una tasa de dosis de unos 35 milisieverts por hora. Como referencia, la normativa japonesa limita la exposición de los trabajadores de radiación a 50 milisieverts al año. Quien permaneciera en ese punto llegaría al límite anual en menos de hora y media.

La electricidad se guarda primero en una batería recargable de película delgada. Un circuito de gestión de energía de consumo ultrabajo la va liberando a pequeños golpes hacia un transmisor de radio de banda sub-GHz. Sin alimentación externa, el sistema hizo varias transmisiones a lo largo de unas horas. Al comparar el voltaje almacenado antes y después de cada envío, el equipo vio que la captación de rayos gamma cubría una parte considerable de la energía consumida.

El preprint señala también un límite: con tan poca potencia, el circuito necesita cierta cantidad de energía solo para arrancar desde cero, y ese requisito se convirtió en un límite serio para reiniciarse por sí solo una y otra vez.

2,5 voltios y alrededor de un microvatio

La cifra que destaca la prensa japonesa es 2,5 voltios, suficiente para memorias y módulos de radio; conectando varias unidades en serie se puede subir. Pero voltaje no es potencia. Los voltios indican con qué fuerza se empuja la corriente; los vatios, cuánta energía fluye de verdad. Con lo publicado, además, no se puede saber si el prototipo del tamaño de una botella es el mismo aparato del preprint.

El preprint sitúa la potencia en alrededor de un microvatio, la millonésima parte de un vatio. Con eso no se carga un teléfono. Lo que sí permite es ir llenando una pequeña batería hasta reunir energía para una lectura de un sensor y un breve envío por radio, y volver a empezar.

Para un monitor colocado junto a residuos enterrados, el intercambio puede compensar, porque en principio no necesita cables ni cambios de batería mientras los residuos sigan emitiendo. El Nikkan Kogyo Shimbun señala que podría abaratar el funcionamiento de las instalaciones y reducir el riesgo de quedarse sin energía por terremotos o cables rotos.

La potencia debería depender de cuánta radiación llega al cristal, así que produciría más donde las condiciones son peores. Un equipo estadounidense comprobó esa tendencia en el laboratorio, como se cuenta más abajo. La otra cara: los residuos pierden radiactividad con los años, y la potencia bajará con ellos.

Sin material radiactivo dentro

Las baterías nucleares ya han sido noticia, pero casi todas funcionan de otra manera. En diciembre de 2024, la Autoridad de Energía Atómica del Reino Unido (UKAEA) y la Universidad de Bristol presentaron una batería que encierra carbono 14 en diamante y entrega potencia continua del orden de microvatios. El carbono 14 tiene una vida media de 5.700 años. En enero de 2024, la empresa emergente china Betavolt anunció su BV100, que combina níquel 63 con un semiconductor de diamante. Según la compañía, ofrece 100 microvatios a 3 voltios y puede funcionar 50 años.

Ambas llevan la fuente radiactiva dentro, lo que las hace autónomas. A cambio, obligan a manejar un isótopo regulado: según la UKAEA, en el Reino Unido el carbono 14 exige procedimientos de seguridad estrictos.

El dispositivo del AIST funciona con la radiación que ya está ahí, y se detiene si se aleja de los residuos. Para un monitor que solo tiene que trabajar en un sitio de residuos, eso no es un defecto.

La idea no es del todo nueva. Ya en 2017, un artículo en la revista Progress in Nuclear Energy estudió cómo convertir en electricidad la radiación del combustible nuclear gastado con un centelleador y una célula fotovoltaica. Más recientemente, a principios de 2025, investigadores de la Universidad Estatal de Ohio y la Universidad de Toledo describieron en la revista Optical Materials: X un prototipo de unos 4 centímetros cúbicos que también combina un cristal centelleador con una célula solar. En las pruebas en el laboratorio de reactor nuclear de Ohio State produjo 288 nanovatios con cesio 137 y 1,5 microvatios con el cobalto 60, mucho más intenso. El equipo lo imaginaba cerca de los lugares donde se generan residuos nucleares, como las piscinas de almacenamiento.

Lo que distingue al trabajo japonés de las pruebas de Ohio State es el escenario: funcionó en un sitio real de desmantelamiento, no en un laboratorio, y la energía captada sirvió para enviar datos.

Ahora, abaratarlo

Según el Nikkan Kogyo Shimbun, el proyecto está en fase de prueba de concepto. Los monocristales son caros, así que el equipo prevé pasar a yoduro de cesio policristalino y rediseñar el aparato, sin la envoltura de espejos, para que sea más fácil de fabricar. No se ha dado un plazo para su uso práctico.

Que los residuos peligrosos alimenten el equipo que los vigila es una idea poco habitual. ¿Cómo se recibiría en tu país?

Referencias