🧂 Un país rodeado de mar por los cuatro costados compra la mayor parte de su sal al otro lado del mundo. En la bahía de Hiroshima hay una pequeña isla que se vuelve blanca, cubierta de montañas de sal marina que tardan tres semanas en cruzar el Pacífico desde México. Esta es la razón, tan extraña como real, por la que Japón, un país que es casi todo litoral, tiene que importar la sal que mueve su industria.

Las montañas blancas frente a Kure

Un equipo de televisión fue hace poco a buscar una isla de la que se decía que estaba cubierta de "una misteriosa sustancia blanca", cerca del puerto de Kure. Los vecinos les advirtieron que nadie de fuera puede desembarcar, pero que la vista merece una foto. Desde el agua, los reporteros encontraron algo parecido a la nieve a finales de abril, en un día de más de 20 grados. No era nieve. Era sal.

La isla se llama Mitsugojima, un islote deshabitado frente al distrito de Ondo, en Kure. La gestiona una empresa, Mitsugojima Futo, y es la mayor base de tránsito de sal importada de todo Japón. La sal que llega allí es sal solar mexicana, transportada unas tres semanas en barco y descargada sobre la isla mediante cintas transportadoras. Los cerros blancos cambian de forma sin parar, según entra y sale la carga. Según algunas estimaciones, cerca del 75 por ciento de toda la sal industrial que usa Japón pasa por esta única isla diminuta.

Mitsugojima, en la bahía de Hiroshima, donde la sal solar importada se apila en montañas blancas

Mitsugojima, Kure, Hiroshima. Foto: KUNIO MIURA / Wikimedia Commons (CC BY 3.0)

Esa cifra es la primera pista de un enigma real: ¿por qué un país tan rodeado de mar importa sal, y encima por millones de toneladas?

Tanto mar y, aun así, ninguna sal barata

La respuesta empieza con un dato humilde: el agua de mar contiene apenas un tres por ciento de sal. Para extraerla hay que evaporar el otro noventa y siete por ciento, que es agua. Y la forma más barata de hacerlo es dejar que el sol y el viento trabajen gratis.

Eso es justo lo que ofrecen México y Australia. En lugares como Guerrero Negro, en la península mexicana de Baja California, el agua de mar se conduce a enormes balsas poco profundas y se deja evaporar durante uno o dos años bajo un cielo desértico que recibe menos de 100 milímetros de lluvia al año. La sal cristaliza sola y solo hay que recogerla. Para Japón, como comprador, las cuentas no pueden ser mejores: volumen inmenso, casi sin combustible y casi sin mano de obra.

Japón tiene el clima contrario. Es húmedo y llueve mucho, así que el agua de mar a la intemperie no llega a secarse de forma fiable hasta convertirse en sal. Durante siglos, los productores japoneses tuvieron que concentrar primero el agua marina en una salmuera fuerte y luego hervirla sobre el fuego para cristalizarla, gastando combustible y trabajo en cada paso. Tampoco hay en Japón yacimientos de sal de roca ni lagos salados que explotar. El país tiene el océano, pero no las condiciones secas y soleadas que hacen que la sal sea casi gratis en otros lugares.

La mayoría de la sal japonesa nunca llega a la mesa

Hay una segunda razón por la que las cifras son tan altas. Japón consume alrededor de ocho millones de toneladas de sal al año, pero solo una porción pequeña, entre el diez y el quince por ciento, es para comer. La sal del miso, de los encurtidos y del salero de la cocina es minoría.

El mayor uso, con diferencia, es la industria de la sosa. La sal se separa en sus dos elementos, sodio y cloro, para fabricar sosa cáustica, cloro y carbonato de sodio. Esos son los ingredientes base de una variedad asombrosa de productos cotidianos: jabón y detergente, PVC y otros plásticos, vidrio, papel, colorantes y los químicos que desinfectan el agua del grifo. Cerca de tres cuartas partes de la demanda japonesa de sal es de este tipo industrial, y prácticamente toda es sal solar importada. La sal alimentaria, en cambio, se produce en su mayoría dentro de Japón.

La regla es sencilla. La sal de tu mesa es local. La sal que hay dentro de tu lavadora, del cristal de tu ventana y de tus tuberías llegó en barco. Es ese apetito industrial, y no el de la cocina, lo que dispara el volumen de importación. De hecho, Japón solo produce alrededor de una décima parte de la sal que consume; el resto se importa. México y Australia juntos aportan casi el noventa por ciento de esas importaciones, y una sola operación mexicana, ESSA, ha cubierto durante años cerca de la mitad del total japonés. Durante medio siglo, ESSA fue una empresa conjunta entre el Gobierno mexicano y la japonesa Mitsubishi, creada en los años setenta para asegurar sal a la industria japonesa, hasta que en 2024 México compró la participación de Mitsubishi y se quedó con el control total de la empresa. En cualquier caso, buena parte de la sal blanca frente a Kure es, literalmente, mexicana.

Seto fue alguna vez "el país de la sal"

No siempre fue así. Japón producía su propia sal, y el mar interior de Seto era su corazón. Con un método llamado irihama, se trazaban salinas de marea a lo largo de una costa tranquila y de poca lluvia, y las diez provincias que rodeaban el mar interior llegaron a producir un estimado ochenta por ciento de la sal del país en la época Edo. Durante cuatro siglos, la sal rastrillada a mano fue una industria que definió a esta región.

Ese paisaje ya no existe. En 1971, una ley de modernización cerró por completo las salinas. La producción nacional pasó a un método limpio y eficiente de membranas de intercambio iónico, orientado al mercado alimentario, mientras que la enorme demanda industrial, muy sensible al precio, quedó en manos de la sal solar importada barata. Las montañas blancas frente a Kure son el punto final moderno de aquella decisión. La sal que Japón rastrillaba a mano en sus propias costas llega hoy a barcadas desde una laguna mexicana.

Es una dependencia que pasa inadvertida hasta que una ruta marítima se ve amenazada. Japón importa buena parte de su alimento y la mayor parte de su energía, y la sal, el mineral más básico de todos, resulta estar en esa misma lista.

¿De dónde viene en realidad la sal de tu cocina: del mar cercano, de una mina bajo tierra o de un barco que cruza medio mundo?

Referencias