Durante 14 meses, la fábrica más vigilada de Japón arrastraba un problema: perdía dinero trimestre tras trimestre. Por fin, ya no.

La planta de TSMC en Kumamoto —el símbolo del intento japonés por recuperar protagonismo en el mundo de los semiconductores— cerró su primer trimestre con beneficios entre enero y marzo de 2026. La cifra en sí es modesta: 951 millones de dólares taiwaneses, en torno a 30 millones de dólares estadounidenses (unos 4.780 millones de yenes al tipo de cambio actual cercano a 158 yenes por dólar). Pero el peso simbólico va mucho más allá del número. Una planta que se tragó cerca de 476.000 millones de yenes (alrededor de 3.000 millones de dólares) en dinero público antes de fabricar un solo chip empieza, al menos por una métrica, a justificar la apuesta.

La pregunta que viene después es la misma que ha perseguido al proyecto desde el inicio: ¿valía la pena?

La salida del rojo, en 14 meses

La planta de Kumamoto está operada por Japan Advanced Semiconductor Manufacturing Inc. (JASM), filial japonesa de TSMC. Inició producción en masa en diciembre de 2024 y su primer año completo fue áspero. Según informes de Commercial Times citados por la consultora TrendForce, JASM registró pérdidas netas de 3.250 millones de dólares taiwaneses en el primer trimestre de 2025 y 4.520 millones acumulados en el primer semestre, con una tasa de utilización de la Fab 1 cercana al 50%. En el cuarto trimestre de 2025 las pérdidas se redujeron a 1.390 millones. Y entonces llegó el giro: beneficios de 951 millones en el primer trimestre de 2026, según las cuentas de TSMC reportadas por la Agencia Central de Noticias de Taiwán el 16 de mayo.

¿Qué cambió? La utilización subió, dicen los analistas. La fábrica produce chips en nodos maduros (12, 16, 22 y 28 nanómetros) para sensores de imagen y aplicaciones automotrices. No son los chips de vanguardia que copan titulares de inteligencia artificial. Son los caballos de tiro que viven dentro de la cámara del móvil y del módulo de control de frenado de un Toyota. Cuando esos pedidos llenan la línea, la fábrica gana dinero. Durante casi todo 2025, no la llenaron.

Hay una razón estructural detrás de eso. La Fab 1 de Kumamoto se concibió hacia 2019 como proveedor cautivo de Sony, que necesitaba los chips de lógica que acompañan a sus sensores CMOS de imagen (los componentes que traducen la luz a los datos digitales de una foto). Los sensores de Sony son los ojos de las cámaras del iPhone y de gran parte de la industria del smartphone. Sobre ese ancla, el gobierno japonés sumó a Denso y Toyota como accionistas minoritarios, con la idea de que la misma fábrica pudiera también blindar la cadena de chips del sector automotriz —aún marcada por la escasez de 2021 y 2022 que paralizó líneas de ensamblaje en todo el mundo—.

La estructura accionarial refleja esa jerarquía: TSMC con aproximadamente el 86,5%, Sony con el 6%, Denso con el 5,5% y Toyota con el 2%, según el anuncio conjunto de los socios.

Tokio pagó caro este triunfo

La inversión de Japón en la presencia de TSMC en Kumamoto es una de las jugadas de política industrial más agresivas que el país ha desplegado en décadas. El gobierno comprometió hasta 476.000 millones de yenes (unos 3.000 millones de dólares) en subsidios para la Fab 1 y hasta 732.000 millones de yenes (alrededor de 4.600 millones de dólares) para la segunda fábrica que se construye al lado. Sumadas, las cifras dejan a los contribuyentes japoneses con más de 1,2 billones de yenes (unos 7.600 millones de dólares) en compromisos. La inversión total del proyecto, contando el capital propio de TSMC, supera los 20.000 millones de dólares.

Para dimensionarlo: el presupuesto fiscal 2025 del Ministerio de Economía, Comercio e Industria japonés destinado a chips e IA rondó los 1,23 billones de yenes, alrededor de cuatro veces el año anterior —y el presupuesto del año fiscal 2026 será aún mayor—. Una parte sustancial de ese dinero persigue el objetivo de devolver la fabricación de chips de vanguardia al territorio japonés.

Ese gasto ha generado controversia. Críticos —incluidos varios analistas del sector publicados en la prensa especializada japonesa— han argumentado que el mercado de procesos maduros para el que se diseñó Kumamoto está sobreofertado, sobre todo después de que se aliviara la escasez de chips automotrices. ¿Por qué inyectar fondos públicos en otra línea de 28 nanómetros cuando las propias plantas taiwanesas de TSMC en ese nodo trabajan por debajo de capacidad? La ganancia del primer trimestre de 2026 no refuta esa pregunta, pero le quita filo.

Una referencia: Arizona

La comparación más limpia está al otro lado del Pacífico. La Fab 21 de TSMC en Arizona —la primera planta estadounidense de la compañía, anclada por pedidos de Apple y NVIDIA— empezó a producir chips de 4 nanómetros a finales de 2024 y alcanzó la rentabilidad mucho antes que Kumamoto. Según Commercial Times, citando los reportes financieros de TSMC, la operación de Arizona registró cerca de 4.200 millones de dólares taiwaneses de beneficio neto solo en el segundo trimestre de 2025 y unos 4.700 millones en los tres primeros trimestres del año, mientras JASM seguía perdiendo. Para el segundo trimestre de 2025 ya empezaba a aportar ingresos por inversiones de vuelta a la matriz de TSMC. Apple se comprometió a comprar más de 100 millones de chips fabricados en Arizona durante 2026.

¿Por qué la diferencia? Por la utilización, fundamentalmente. Arizona llegó en el momento justo —al comienzo del frenesí por capacidad de 4 nanómetros impulsado por la IA— y arrancó cerca del lleno. Kumamoto, en cambio, abrió en pleno bache del ciclo automotriz. Mismo operador, misma disciplina de ingeniería, entorno de demanda completamente distinto.

La operación alemana ofrece todavía otro relato. ESMC, el joint venture de TSMC con Bosch, Infineon y NXP en Dresde, sigue en construcción; la instalación del equipamiento se prevé para la segunda mitad de 2026, con inicio de producción en 2027. Será la primera foundry de la UE capaz de procesos FinFET (las estructuras tridimensionales de transistor que permitieron a la industria de chips superar la barrera de los 22 nanómetros), y Berlín y Bruselas aportan conjuntamente 5.000 millones de euros a un proyecto de 10.000 millones. Frente a Dresde, Kumamoto va muy adelantado. Frente a Arizona, fue el más lento. Ambas lecturas son válidas.

Dónde encaja Rapidus

Mientras TSMC sudaba la utilización en Kumamoto, otra apuesta japonesa completamente distinta tomaba forma 1.800 km al norte. Rapidus —una startup respaldada por Toyota, Sony, NTT y otras seis empresas japonesas, más el gobierno— está construyendo una fábrica de 2 nanómetros en Chitose, Hokkaido, con tecnología de proceso licenciada de IBM. La compañía afirma haber producido sus primeros transistores funcionales de 2 nanómetros en julio de 2025 y apunta a producción en masa en 2027.

Rapidus es la apuesta más espectacular. El gobierno ya ha comprometido cerca de 1,7 billones de yenes (unos 11.000 millones de dólares) en apoyo, y el Ministerio de Economía prometió otro billón de yenes adicionales entre los ejercicios fiscales 2026 y 2027, llevando el respaldo público acumulado a unos 2,9 billones. El coste total del proyecto, incluyendo capital privado aún por levantar, se estima cerca de 7 billones de yenes (unos 44.000 millones de dólares).

La lógica estratégica de correr ambas apuestas a la vez es que cubren terrenos distintos. TSMC Kumamoto asegura las cadenas de suministro automotriz y de sensores de imagen de Japón con tecnología probada y un operador probado. Rapidus aspira a devolver a Japón a la frontera tecnológica —el territorio que cedió a Taiwán, Corea del Sur y Estados Unidos a partir de los noventa—. No son rivales: son dos respuestas distintas a dos ansiedades distintas.

El beneficio de Kumamoto le da por primera vez a la mitad más conservadora de esa estrategia una evidencia concreta de que funciona. Para Rapidus, el veredicto de cuentas vendrá dentro de varios años.

Lo que Kumamoto significa en el mapa global

El beneficio del primer trimestre es un dato, no una validación. JASM aún debe demostrar que la utilización aguanta los tres trimestres restantes de 2026. La segunda fábrica de Kumamoto —originalmente planificada para 6 nanómetros y ahora, según versiones, reorientada hacia 3 nanómetros para captar demanda de IA— ha tenido sobresaltos de calendario. Tom's Hardware informó que TSMC notificó a sus proveedores de equipamiento que no necesitará nuevas entregas en Japón durante 2026. Saltar de una línea especializada de 12 nanómetros a una operación de vanguardia de 3 nanómetros no es una reforma. Es prácticamente otra fábrica.

A eso se suma la capa geopolítica. La expansión exterior de TSMC —165.000 millones de dólares en Arizona, 10.000 millones de euros en Dresde, 20.000 millones de dólares en Kumamoto— se aceleró por la presión de Washington para que Taiwán diversifique frente al riesgo del estrecho que pende sobre prácticamente todos los chips de vanguardia del planeta. La rentabilidad de JASM importa menos como hito financiero y más como prueba de que esa dispersión es viable. Si las fábricas en el exterior pueden sostenerse, el mapa global de chips cambia. Si no pueden, el mundo seguirá igual de dependiente de Taiwán que hace cinco años.

Para Japón, el dividendo local ya se ve. El instituto de investigación económica regional de Kyushu estima un impacto de unos 6,9 billones de yenes (cerca de 44.000 millones de dólares) en la prefectura a lo largo de una década. Unas 90 empresas se han instalado o han ampliado operaciones en Kumamoto desde la llegada de JASM. El suelo en Kikuyo, el pueblo que aloja la fábrica, se ha encarecido alrededor del 50%, y los alquileres para solteros superan ya los de la ciudad de Kumamoto. JASM se ha marcado el objetivo de abastecer el 60% de sus materiales semiconductores de proveedores nacionales para 2030, frente al 46% de 2025 —una cifra que se traslada directamente a las industrias de equipos y materiales, donde Japón aún conserva una de sus últimas fortalezas competitivas reales—.

Que el beneficio trimestral marque el inicio de una serie sostenida o sea apenas un trimestre aislado es la pregunta que va a definir el próximo año del relato japonés sobre semiconductores. Por ahora, tras 14 meses de números rojos y una sospecha persistente, la mayor foundry del mundo tiene en Japón una planta que ya se paga sola.

¿Cómo se ve este panorama desde tu país? ¿Hay inversión pública en producción local de chips —y, si la hay, te parece mejor apostar por un operador extranjero de peso como TSMC, por un campeón nacional al estilo Rapidus, o por ambos? Nos interesa saber cómo se está discutiendo este debate donde tú estás.

Referencias